Pagar por brincar

No soy campeón de la nostalgia, pero la buena memoria me favorece cuando preciso iluminar zonas del pasado. Y casi siempre es fiable, por lo cual tengo que darle el crédito debido. La memoria no es un lastre, pero tampoco brújula infalible, aunque conviene tenerla a la mano, apostada en cualquier esquina de los recuerdos.

La mención viene al caso por la historia que vivieron mis hijos ayer, paseando por el (dizque) “centro de todo”, la plaza al norte de la ciudad. Me contaron, sin demasiada euforia, cosa que resulta reconfortante, que jugaron en un sitio donde se paga por brincar. Sí, por brincar, por saltar de un lado a otro, sin más afán que subir y bajar, caer y volver a levantarse y brincar y brincar.

Su rosario de confesiones fue un recuento ominoso: se paga caro, se deben comprar calcetas “especiales”, deben seguir reglas absurdas como no descansar ni un momento sentados; a cambio de pagar por brincar entre colchones, se recibe mal trato y se suda copiosamente porque no les alcanzó para la ventilación.

Mi intención está lejos de fastidiar el negocio de marras. Si quisiera, podría explayarme en otras linduras, pero me abstendré incluso de nombrarlo. Cada uno elige llegar y pagar si desea. Quiero llamar la atención por el fondo, el asunto esencial: la triste constatación, una más, de cómo la sociedad se transformó hasta mercantilizar las actividades más elementales. Ahora se paga para brincar, mientras nosotros jugábamos en las calles tras una pelota eludiendo rivales y esperando el paso de los camiones cañeros, o saltábamos entre árboles con el riesgo latente de rompernos un brazo o descalabrarnos, desgracias ambas que padecí en años lejanos (y torpes, por lo descrito).

Si mi abuelo Antonio viviera se indignaría y me llamaría a cuentas por pagar en tales actividades. Me ordenaría que tomara una bolsa, sombrero, un bule de agua, unos tacos de frijoles y me llevara a mi hijo al campo, a saltar entre las piedras del arroyo santa Mariana, o a la parcela de mi tío Ángel, repleta de guayabas, limas y aguacates, para bajar unas y otros a brincos. Eso sí que tendría sentido para él, y también para mí.

Comentarios

  1. Paty Belmontes dice:

    Excelente reflexión mi estimado Dr. Juan Carlos Yáñez, la mente mercantilista nos absorbe, como padres de familia, tendríamos que detenernos un instante y acompañar a nuestros hijos en la aventura de ser niños sin necesidad de costearles una sonrisa. Similar sucede cuando pagas por mirar un río correr, pagas por respirar aire fresco cerca de la laguna entre árboles altos y frondosos, pagas por escribir comentarios reflexivos ante un medio masivo de comunicación, ¿Qué nos faltara por ver mercantilizado?.

  2. Xochitl Perez dice:

    Y eso solo es una pequeña parte, el problema de fondo, es tener niños adictos a la adrenalina, incapaces de hacer frente a frustración.

  3. Silvia dice:

    Interesante reflexión Dr. Juan Carlos, lamentablemente muy pocos llegan a reflexionar sobre este asunto, comparto el sentir de Paty, el mercantilismo se ha apoderado de todas nuestras actividades, pero la culpa es nuestra ya que lo hemos permitido, muchos padres deciden pagar para sentir que “pertenecen” a un exclusivo círculo de personas que lo pueden hacer, lo hacen más por ellos que por sus hijos. Al igual que lo haría tu abuelo, me indigna el asunto, prefiero a mis hijos jugando en las calles, canchas, parques, hasta en la sierra de Guanajuato si quieren hacer más ejercicio, en fin, quiero para ellos lo mismo que yo tuve. Gracias por compartir. Feliz fin de semana

  4. Adolfo Alvarexz dice:

    Será que nosotros crecimos en un pueblo chico..?? Yo crecí aquí en la ciudad, pero mi padre gustaba de llevarnos al Nevado todo un fin de semana, o al cerro de la estrella a sacar camotes y tacuachines en temporada de lluvia y llegar a lavarlos para que mamá los cociera, y a bañarnos en el patio a jicarazos porque nos traíamos una tonelada de lodo en la ropa y los zapatos. Mi hija gusta de agarrar pinacates y observarlos a través de un vaso, o de hacerles caminito a las hormigas (sin que su madre la vea) en el ranchito de su abuelo. Desgraciadamente no está la seguridad en la ciudad como para salir a jugar con los vecinos, ojalá vuelva pronto la paz.

    • Eso es una realidad que no podemos ocultar. La calle no es el sitio seguro de nuestra infancia. Y tampoco hay una preocupación visible por recuperar la calle como sitio imprescindible para la educación infantil y la ciudadanía responsable. Sí, también deseo que pronto hagamos posible una paz perpetua.

      ¡Saludos Alfredo!

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