Lo que perdimos, lo que ganaríamos

Con el tiempo casi todos (excepciones hechas de Dorian Gray, conde Drácula y algún otro listillo) nos vamos haciendo inevitablemente viejos. Unos con más y otros con menos decencia corremos, caminamos, tropezamos o gateamos al destino fatal.

Los cambios corporales nos van señalando el paso de los años y mostrando descuidos. Subir escaleras escalón por escalón o saltándolos, mirarse al espejo, empezar a leer a las 10 de la noche y quedarse dormido con el libro en la mesa o en las manos, tomar café en ayunas y sentir el aguijón del estómago, hacer el amor con más o menos fortuna, patear el balón sin suerte, y otros oficios que hicimos alguna vez sin dificultades, revelan que las décadas transcurrieron.

Hoy estuve un ratito en mi pueblo. Mi madre cumplió diez años de su partida y en misa, con mezcla de sentimientos, reconocí viejos amigos de la adolescencia y juventud, unos más calvos que bola de billar, o con enormes barrigas y detalles por el estilo que no viene al caso. También vi a muchos amigos de mi padre. Y me dolió ver la pesadez con la cual se mueven. Con alguno de ellos se me acentuó la tristeza cuando lo vi con bastón y recordé aquel memorable partido de fútbol en el Estadio Carlos Septién, en que tuve la alegría indescriptible de jugar al lado de mi padre y el equipo de sus juventudes. Aquel crack hoy me hizo un nudo en la garganta, pero no pude acercarme siquiera a saludarlo. Uno, dos, tres, todos aquellos hombres fuertes que dedicaron su vida laboral al ingenio azucarero viven el declive físico. Pero no quiero seguir el rosario.

De vuelta a casa, dispuesto a preparar una semana intensa, mi hijo se acercó con el balón de basquetbol: cara angelical, brazos implorando. Papá, vamos a jugar. No, no tenemos dónde. Sí, vamos a la calle. Bueno, si quieres, vamos a la cancha de aquí cerca.

Con un poco de angustia por el trabajo pendiente y el sol de las tres de la tarde, sin chistar me puse los tenis y ropa apropiada. La sesión fue feliz. Él corrió, yo atrás casi todo el tiempo, él disparando al aro, yo pasándole el balón, y así. Cansado de su esfuerzo me propuso sentarse en la cancha y narrar el partido contra mí mismo. Bueno, si eso quieres.

Corrí, boté el balón y lo lancé mientras él, con sus desconocidas habilidades, voz gritona, narraba el partido y el desatino de mis disparos una y otra vez. Cuando por fin acerté, su grito estremeció la malla que rodea la cancha. ¡Para!, le dije, no es para tanto. Bueno, respondió, te toca. ¿Me toca qué? Narrar mi partido. Juan Carlos, supliqué, ya no tengo fuerza ni para gritar. No importa, hazlo como puedas, ordenó inmisericorde. Miré a todos lados, comencé con voz bajita la narración del imaginario encuentro en que él, dueño del balón, tenía tres segundos para acertar y ganar el gran partido final. Los tres segundos se hicieron eternos, hasta que por fin encestó. El grito apenas lo escuchó él; volteó para decirme con ternura: ¡papá, das pena! Quedé mudo.

Con el tiempo, todos, o casi, nos hacemos viejos del cuerpo. Es inevitable, y hasta necesario. Solo enfermos valoramos la salud. A veces, en la soledad, apreciamos la compañía. O, en silencio, extrañamos voces infantiles, con frecuencia enfadosas cuando estamos en el papel de señores ocupados. Lo peor, sin duda, es la muerte de la alegría, de las ganas de vivir sin pudor y sin temores, sin pensárselo tanto, sin dejar de ser un poco niños, es decir, hombres o mujeres.

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