Despertar con olores de la cocina

Desperté temprano con la lluvia y no recuperé el sueño. Somnoliento bajé a la cocina, puse la olla para calentar agua y decidí que era un buen día para preparar avena. Los olores de la leche ardiendo y el aroma del café con canela se filtraron y apresuraron el despertar definitivo. El silencio, el hervor del líquido blanco que miraba fijamente para evitar que se me desbordara, con la sensibilidad mañanera, me trasportaron varios años atrás por no sé qué extrañas razones. Me estacioné en la penúltima casa donde viví con mis padres, hecha con el esfuerzo de ambos, de todos, el mío incluido en la hechura de los bloques de concreto, tarea a la que me dediqué incontables horas apenas volver de la escuela, como ayudante de los albañiles, y de mi padre, autor de la instalación eléctrica, su oficio.

En aquella casa viví los años felices de la última etapa infantil. Mis mejores amigos de entonces fueron vecinos, Alejandro Ochoa y Pancho Rivera, luego vinieron otros, cuando la calle Obregón se hizo chiquita. De aquella casa en el número 19 tengo recuerdos y olores varios, que me conectaron de la cocina del presente a la de mi madre.

En mi pueblo el olor dominante lo producía la industria azucarera, los aromas y colores de la zafra, de la caña quemada o transportada en camiones, del bagazo mojado y desbordando los muros de la fábrica; a esos, que todos más o menos olíamos, sentíamos o sufríamos, se agregaban los del entorno de la casa: la cocina de mi madre, de los frijoles o la carne, los ingredientes para las salsas que nunca faltaban; el limonero en medio del patio; fuera, el humo de la leña de doña Lupe y sus tortillas; la mixtura aromática de la casa de Alejandro, con caballos, conejos, gallinas, el maíz almacenado o que molíamos para preparar pinole; los árboles de la casa contigua de mis abuelos paternos, con toronjas y nances; otros árboles frutales en casas vecinas, con guayabas o granadas. Y la relación podría volverse infinita.

Un racimo de perfumes entrañables hoy inundan los recuerdos. Cierro los ojos y reconstruyo lo descrito, sonrío desde el fondo de las emociones, pero se me borra súbitamente cuando me alertan el olor y el ruido de la leche caliente que se tiró sobre la estufa.

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