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Morir entre flores

La muerte es inevitable, por lo menos hasta donde se sabe con alguna certeza.

La muerte es casi siempre una mala noticia. Casi. Frente a una enfermedad irreversible y terminal, tortuosa para el enfermo y la familia, la muerte es la despedida más digna.

La muerte es, a veces, infame; mejor dicho, infame la manera como se muere, porque la muerte y la vida son parte del ciclo vital más maravilloso. Es la sociedad, algunos de sus miembros, instituciones o grupos, la que provoca muertes absurdas, abominables, indignas e indignantes.

La muerte de un niño o una persona joven suelen ser más dolorosas, en grado superlativo. Los argumentos sobran.

Una de estas últimas sucedió ayer en el centro de la ciudad de Colima. La desventura colocó a un inocente en sitio y hora inoportunos: la esquina del mercado donde vendería flores con la esperanza de ganar algunos pesos por las ventas del Día de la Madre. Pasadas las 18 horas, cuentan las notas periodísticas, una camioneta recibió varios impactos de bala desde otro vehículo; los dos ocupantes fueron alcanzados, pero alguna salió de su destino e impactó en un cuerpo al que no iba destinada. Una muerte estúpida, sin merecerla ni buscarla. Las flores quedaron allí, velando el cuerpo de Alexis.

Su madre, su novia, la familia, los suegros, ya no podrán despedirse. No pudieron darse el último beso, cruzar las postreras palabras, agradecerse por los años juntos, por la vida regalada. 17 años, dicen que tenía; futbolista, dicen, como su novia, portera, de nombre futbolístico (América).

Hoy su madre no recibirá un abrazo y las mismas flores que vendía. No habrá palabras, ni besos cariñosos, ni abrazos festivos. Solo resonará una bala asesina disparada por una mano maldita que cortó brutalmente su vida. Así nada más.

A veces, como ayer, no me cabe duda que la sociedad acumula demasiadas ruinas físicas y humanas. Ayer cabía con justeza decir: ¡quéhijadeputainjusta!

¡Hasta siempre, maestro Tedesco!

Lunes 8 de mayo. 16:14 horas. Una pausa en el trajín de la jornada. El calor de la temporada doblega un cuerpo nacido en el norte fresco del Estado de Colima, cuyo espíritu se niega a la resignación del trópico. Abro mi cuenta de Twitter y Pablo Gentili sacude la modorra: “Falleció Juan Carlos Tedesco. Fue un gran intelectual, un inmenso luchador por la escuela pública. Lo extrañaremos muchísimo.”

La noticia me sacude. No hay posibilidad de error. Ni caso tiene frotarse los ojos. La realidad es así, directa, brutal a veces. En Facebook, Sebastián, hijo del maestro, confirma y notifica el domicilio de los servicios funerarios en Buenos Aires.

Varios recuerdos rompen fibras sensibles. Se me agolpan y decido vaciar un poco en estas líneas.

Tedesco, como le llamábamos, fue lectura de mis años de estudiante universitario. Abrevé en su pensamiento consuetudinariamente y le admiré como hombre político e intelectual.

De sus méritos y obra no escribiré. Para los estudiantes y estudiosos de temas educativos no precisa carta de presentación. Basta con decir que apenas el 4 de mayo el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, CLACSO, lo homenajeaba con el Premio Latinoamericano y Caribeño de Ciencias Sociales: “por su contribución a la construcción de un pensamiento pedagógico innovador y crítico, por su permanente defensa de la educación pública y por su lucha incansable para la construcción de una América Latina justa, democrática e igualitaria”.

Un amigo común, Juan Carlos Geneyro, me había prometido una cena juntos en Buenos Aires. Quería entrevistarlo para un libro que sigo soñando. No pudo ser, no será jamás. Luego, ya en tierras conosureñas, viajé de Córdoba a Santa Fe solo para encontrarlo en la Universidad Nacional del Litoral, que yo había dejado semanas atrás. Fueron dos noches consecutivas durmiendo en cómodos buses para escucharlo, mientras mi familia, ajeno totalmente, vivía una noche aciaga en la Córdoba víctima de policías y ladrones, en diciembre de 2013.

En 2014 me invitaron del periódico español Escuela a formar parte de su equipo de colaboradores. La explicación me la dio el entonces editor, Pablo Gutiérrez. El ex ministro de Educación con Cristina Fernández había pedido una pausa y me ofrecían ese espacio, para contar con una opinión desde América Latina. La sorpresa y pudor siguen a flor de piel.

Lo reencontré a finales de 2015, en Chihuahua, a propósito del Congreso Nacional de Investigación Educativa, y tomé apuntes selectivos de sus profundas pero claras ideas. No me acerqué siquiera a saludarlo, pues la fila era enorme.

Como Pablo, como muchos, también lo extrañaré. ¡Hasta siempre, maestro!

A las 7:32

1

Sin voluntad nunca hay tiempo. Sin determinación los pretextos son infinitos, o uno solo, repetido automáticamente. Sin la convicción precisa cualquier viento de duda derriba toda iniciativa. Con sonrisa embozada, eso pienso cuando escucho a alguien contarme que no lee o no hace ejercicio porque le falta espacio en la agenda. Es probable, por supuesto, que haya quien tenga severas dificultades para sincronizar el reloj con las prioridades esenciales. Cronos versus kairós: la tiranía del reloj contra el tiempo vital.

 

2

Cada mañana, a las 7:32, veo a un hombre doblar la calle, bajar de su motocicleta del trabajo, con parsimonia, estacionarse y enfilarse a alguno de los aparatos de ejercicio para comenzar la rutina. La primera vez me sorprendió. Observé curioso su moto y encontré el oficio matutino: repartidor de pan. En el camino a la faena llega al mismo parque donde camino, y durante 12 o 15 minutos va de una actividad a otra, milimétrico, entre aquellos artefactos que no están ocupados. Lo seguí con atención: se concentra en lo suyo y parece disfrutarlo. De pronto levanta los ojos al cielo o clava la mirada entre los árboles y el suelo ahora reseco. Nunca lo sorprendí fisgando alguno de los traseros femeninos que por allí deambulan. No, no es persecutor de esa calaña. Luego de su rutina, variante cada día, silencioso, sube al vehículo, se coloca el casco, enciende el motor y reinicia la ruta.

3

Sigo mi andar ruborizado por las tantas veces en que busqué excusas para no acudir a la cita mañanera. Confirmo: sin voluntad el tiempo es coartada casi perfecta; puede engañar a todos, menos a sí mismo. ¡Qué duda cabe!

 

 

 

 

Votando corruptos

Casi paralelamente llegaron a mi computadora dos poderosas imágenes, reveladoras de sendas realidades. Desde España, El Roto, uno de los dibujantes satíricos más prestigiosos, publicó en El País la imagen de una mujer tirada en el piso, encadenada, con un texto lacónico pero contundente: Últimamente las votaciones son para elegir tirano.

Al mismo tiempo en México circuló profusamente con gran atención mediática seria y humorística, la fotografía del presidente de la República en el arranque de su gestión, con los entonces gobernadores de su partido. El saldo acumulado de corrupción en la imagen desborda cualquier previsión y avergüenza hasta los más tímidos.

Si cruzamos imágenes podríamos concluir, jugando con las palabras de Andrés Rábago García, El Roto: Últimamente las votaciones son para elegir corruptos.

Es paradójico, tristemente paradójico, que cuando el país ha instalado oficialmente la “cultura de la legalidad y la transparencia”, la corrupción camine incesante y vigorosa, apadrinada por la reina de todos esos males: la impunidad.

Mis primeras lecturas

Mi acercamiento a la lectura y los libros no tuvo el magnífico escenario de una gran biblioteca familiar o pública, ni un tío consumado lector y buscador devoto de feligreses. Tampoco hubo una maestra sensible que me indujera al mundo de las palabras con su magia narrativa. En mi haber cuentan dos hechos simples e imborrables: que en casa siempre hubo un periódico y, para alimentar el hambre de letras y resolver las tareas de secundaria, una colección de libros de Time Life, de esas que se compraban en abonos y contenían los temas más variados, de la electricidad a la molécula, de la historia a los animales salvajes, los continentes y los insectos.

Hace algunos meses a casa de mi padre entraron una pandilla de ladrones de poca monta y muy mala leche, y tuve que recoger algunos de aquellos volúmenes seguramente intactos después de años de abandono. Los encontré desparramados en el piso y sobre la cama, junto con los libros que sigo atesorando, solo lastimados por el polvo y la humedad. No me atreví a detenerme en ninguno; el enfado y la preocupación me restaban tranquilidad para rememorar tardes o tareas juveniles.

El segundo hecho era una afición que compartía con otras personas: congregarnos en un puesto de alquiler de revistas en el jardín del pueblo. Allí me aparecía, invariablemente, cada día antes de la secundaria que cursé en turno vespertino, con cincuenta centavos para leer una revista de pie o sentado en las bancas bajo los árboles refrescantes. Era un hábito sin distingos de edad, sí de sexo, pues no ubico a niñas o adolescentes en la misma faena. Conocí con detalle las series, personajes, periodicidad y tramas: Condorito era imperdible, como las historias de Kalimán o Memín, Chanoc, Fantomas y la horrorosa pero simpática Hermelinda Linda. Allí comencé a abrir páginas sin obligación y solo por gusto, con la única limitante del dinero o la tardanza en los envíos al pueblo.

Luego vino una colección fantástica que resumía e ilustraba grandes obras literarias, especialmente de aventuras, como Sandokan, Moby Dick o Sherlock Holmes. Pasé mil horas sentado, devorando historias, metiéndome en los personajes y usurpando novias de ficción. Con unos pesos en la bolsa ganados en los oficios que ejercí entonces, con Mario o Urbano de socios, fui comprando todas. Estuvieron al cobijo de mi madre durante años; ahora ignoro u olvidé su destino.

En un pequeño pueblo, sin bibliotecas públicas ni escolares, con escasos libros en casa, ese puesto de revistas y periódicos que cruzó el fin de mi infancia nos ofreció un regalo maravilloso: incontables horas en el sitio más colectivo, sentados o acostados en las bancas, volando a donde nos llevaran aquellas páginas memorables.

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