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Comenzar de nuevo

Cuando me acerco (con poca prisa y nula preocupación) a una edad respetable estaría dispuesto a repetir algunas cosas del pasado; de las que fueran factibles, por supuesto.

Pienso con agrado en el fútbol y las varias camisetas que sudé y todavía aguardan en casa paterna; en la música de ciertos autores o temas que luego se extraviaron en algún rincón del tiempo. En alguna chica que, a estas alturas, ya podría ser abuela prematura. O en volver a leer (lo más fácil) desde el principio a autores que marcaron años juveniles y persisten. No son muchos, confieso, ni ignotos.

Mientras quito el polvo de sus lomos, se me antoja recomenzar con Gabriel García Márquez, Miguel Hernández, Mario Benedetti, Julio Verne, Carlos Monsiváis o Jorge Amado.

Aquí están conmigo, un poco sucios y ajados, un poquitín abandonados, con sus páginas pegadas luego de años o décadas sin abrirse. Los miro, suelto un suspiro, volteo y encuentro en sus interiores aquella vieja marca de café, el separador, una anotación a lápiz, un papel en medio, un boleto del transporte rumbo a la universidad.

Es imposible volver el tiempo, desandar los caminos, porque ellos no son los mismos y nosotros somos distintos, pero siempre disfrutable reabrir esas páginas, u otras ya transitadas. Comenzar de nuevo y confundir, aunque sea por un instante, el cielo de hoy con el mismo que me vio crecer.

Cartas de amor

Se preguntó alguna vez: ¿cuándo escribí la última carta de amor? Sí, una carta en papel, hecha a mano, de esas que se emborronaban con emoción y luego se ponían en un sobre para hacerlo llegar, vía correo postal o amigos comunes, a la amada real o futura. O amado, en su defecto.

Los más jóvenes, si alguno me lee, difícilmente habrán conocido o experimentado esa maravillosa sensación. Ahora la cosa es más vertiginosa, no hay papel, todo es más fugaz y, me temo, menos placentero en los prolegómenos de las relaciones. Pero es pura hipótesis sin envidia. Una indescifrable joven colega, asidua a las cartas, me pregunta contundente: ¿y para qué se van a escribir cartas de amor, si todo el tiempo estamos conectados?

Las cartas de amor, conversaba hace días con una admirada amiga, son cosa del pasado, en definitiva. Tristemente. El mundo cambió, y sin pretender vueltas nostálgicas, perdió muchos de los encantos de épocas lejanas, como las que viví en mi pueblo: cartas iban, cartas de regreso; largo noviazgo para que las manos pudieran tocar partes más allá de lo visible, si había suerte, y otras costumbres rancias que contemporáneos tímidos entenderán.

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Retos para la educación en Colima

El 29 de febrero de 2008 asistí a un foro organizado por la Fundación Colosio con el tema de la educación en Colima. Para escribir esta semana sobre las perspectivas de la educación colimense, revisé la ponencia preparada para aquella ocasión y, sin asombro, descubrí que las ideas y retos planteados persisten. Intencionalmente me abstuve de actualizar ese documento; solo extraje y ordené algunos párrafos para compartir ahora.

Se afirma que el presente de las escuelas es el futuro de los países. Si estamos de acuerdo, pensar el futuro obliga a revisar el presente, observar críticamente el aquí y ahora, para imaginar escenarios posibles en función de tendencias e impacto probable de las políticas públicas. En esa perspectiva advierto un conjunto de retos que habrán de enfrentar la educación media superior y superior en la entidad; aunque resulte indispensable mirar el panorama nacional y al resto del sistema. Son retos del presente que podrían seguirlo siendo en el futuro, con mayor nivel de gravedad, si no existen voluntades políticas, conjunción de esfuerzos entre actores implicados, políticas de Estado, firme decisión gubernamental y participación presupuestal creciente.

Los cinco retos son parte de la problemática educativa, pero si se incide en ellos, muchos de los otros podrían amortiguar efectos, lo que permitiría convertir a Colima en una entidad con enorme potencial formativo, comparable con otros países del mundo semejante y, sobre todo, que hace efectivo el derecho constitucional -y universal- a una educación capaz de transformar las vidas de los hombres y mujeres que la habitan, así como a lograr que tan trascendente función social cumpla los cometidos de la educación a principios de nuestro siglo: contribuir a la construcción de una sociedad democrática, económicamente desarrollada y socialmente justa.

Los cinco retos son: analfabetismo y rezago educativo, la necesidad de una visión estatal, cobertura en educación media superior y superior, expansión regulada de la enseñanza privada y financiamiento educativo. A continuación, un brevísimo repaso.

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La evaluación educativa como espectáculo

Los anuncios recientes sobre la aplicación de las pruebas del PLANEA (Plan Nacional para la Evaluación de los Aprendizajes), reavivaron un conflicto incesante: el lugar de la evaluación en la realidad educativa y política del país.

Cuatro actores están en medio de la batahola: la Secretaría de Educación Pública, el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), organizaciones de la sociedad civil y un frente disperso de académicos e investigadores críticos que, con relativa facilidad, desnudan las falencias de la reforma e intenciones que se van desplegando.

La próxima edición del PLANEA difiere de las anteriores, grosso modo, porque la aplicación (y los aplicadores) serán internos y los fines solamente diagnósticos para las escuelas; eso provocó que algunos sectores, como Mexicanos Primero, se revuelvan furiosos para denunciar que no es el camino y precisa enmendarse la decisión como está marcado en la normativa: que los aplicadores sean externos y los usos de los resultados, públicos.

De la consejera presidenta del INEE, Sylvia Schmelkes, solo espero mesura e inteligencia; y ahora fue así. Inicialmente dijo lo que cualquier persona medianamente informada en el tema sabe: que los cambios educativos no se observan en lapsos cortos.

La decisión es sensata (si hubo recorte presupuestal es tema de discusión aparte): devolver a la escuela la confianza y la responsabilidad de que sean los maestros quienes apliquen las pruebas y utilicen los resultados para introducir cambios. ¿Con controles? Los indispensables, por supuesto. Hacerlo es un gesto que hoy no existe hacia los maestros, a quienes se dispara a la cabeza sin piedad con generalizaciones abusivas. Obvio reiterarlo: eso no descarta la exigencia de rigor y profesionalismo a los implicados, pues el autoengaño dañaría severamente el proceso.

Por otro lado, la obligación de transparentar resultados es irreversible; como lo es mejorar escuelas, diseñar políticas apropiadas, contratar maestros o formarlos adecuadamente, pero las auténticas transformaciones no vendrán dadas por los sesudos informes de Mexicanos Primeros o México Evalúa, o con periodistas exhibiendo sin análisis ni contextualizaciones. La educación no es un partido de fútbol ni un programa televisivo de chismes.

Los informes nacionales o estatales, las aplicaciones reiteradas de pruebas o resultados en rankings no resuelven problemas estructurales. Son coartadas para campañas propagandísticas o notas amarillas en prensa. Nada de eso falta. Lo que modificará la educación es lo que hagan los maestros con los alumnos en los salones de clases, en la escuela toda. Esa debe ser la prioridad. Lo que necesitamos es el máximo uso pedagógico de la evaluación, no convertirla en espectáculo mediático.

La poesía de Miguel Hernández

miguel-hernandez-edebeDesde que comenzó la andadura por las letras y hasta hoy, a sus 10 años, Mariana Belén elige los libros que lee. En viajes nunca me abstengo de regalarle uno que pueda gustarle, pero casi todos los selecciona ella. Juan Carlos, que apenas empieza a descifrar primeras palabras, pidió lo mismo. Y estoy de acuerdo: hoy Star Wars, ayer dinosaurios, mañana no sé.

Solo recientemente quebré el principio. La semana pasada elegí. Hoy vamos a leer este libro, le dije: La vida y poesía de Miguel Hernández. Contada a los niños por Rosa Navarro Durán con ilustraciones de Jordi Vila Delclós. No expliqué nada, solo mostré la portada y acordamos un capítulo ella, otro yo. Empecé y seguimos.

Es un libro corto, pero fuimos paso a paso durante dos noches. La tercera no llegué a la hora habitual. Tarde fui a su cuarto; dormía y apagué la lámpara. Nuestro libro estaba abierto en una página que todavía no leíamos. Avanzó sola. La mañana siguiente, camino al colegio, conversamos del libro espontáneamente. Me contó, sin preguntarle, detalles de la historia: el segundo viaje a Madrid, la aparición de Federico García Lorca y que Miguel (así lo dijo, con desparpajo, como si hablara de su hermano) fue amigo de Pablo Neruda. Me alegró su emoción y naturalidad.

Por la noche terminamos el libro. La historia llegó a los capítulos más dramáticos: las cárceles que lo aprisionaron, su amor por Josefina Manresa, los hijos, la enfermedad, la muerte. Esas últimas paginas las leímos con tristeza, acostados uno al lado del otro, enriqueciendo la lectura con las ilustraciones. Al cerrar la obra confesó: no me gustó el final, una vida así, tan triste, tan llena de dolor.

Le propuse culminar nuestra experiencia observando el DVD que Joan Manuel Serrat hizo al cumplirse los cien años del nacimiento del poeta. Era una apuesta. El resultado fue fantástico. Omitiré detalles. Al finalizar me preguntó: ¿podemos verlo de nuevo?

A pesar de ello, no sé si la repetiré. Huyo de los automatismos; además, estoy seguro que en estas tareas de la lectura es preferible confiar en el instinto, la sensibilidad, la libertad y el placer. Y dejar que cada niño construya sus propios vericuetos, porque ellos son más inteligentes de lo que suponemos los adultos.

 

 

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