Novedades

La maravilla de la tecnología

Las tecnologías de la información y la comunicación, con sus necesarios e infinitos debates están constituyendo, sin duda, un parteaguas en la historia del ser humano, en la que se ha de contar en los libros de texto y en los almanaques, en los sesudos estudios académicos, en las reflexiones libres, pero también en las historias de las mujeres y hombres comunes, de carne y hueso.

El sitio en la historia de las llamadas sintéticamente “tecnologías” es indiscutible. En general soy indiferente a sus seducciones, a las de los nuevos aparatos y sus aplicaciones, todo ello rápidamente obsoleto por la cotidiana novedad. Mi celular, por ejemplo, sólo sirve para lo que en principio servían los teléfonos: para comunicarme con una persona que no está conmigo. Lo mismo me sucede con Internet. Soy casi un analfabeto funcional, lo acepto, pero disfruto las maravillas que de allí pueden emerger, por ejemplo, el libro de José Saramago titulado “El cuaderno. Textos escritos para el blog. Septiembre de 2008-marzo de 2009”.

No voy a decir nada contra ciertos usos de las tecnologías, o de Internet, sino aplaudir que un señor de tamaña lucidez y generosidad nos comparta sus casi cotidianas vivencias en una obra exquisita, que nos recuerda “Los cuadernos de Lanzarote”, pero que es única desde ya, entrañable y propicia también para compartirse.

Sólo para ilustrar un poco el tono de algunos de sus textos, e invitar a su lectura, les transcribo estas reflexiones (descripción, para ser preciso) sobre el ex presidente norteamericano: “Me pregunto cómo y por qué Estados Unidos, un país en todo grande, ha tenido, tantas veces, presidentes tan pequeños. George Bush es tal vez el más pequeño de todos… No sabemos lo que realmente piensa, ni siquiera sabemos si piensa…”

Fuente: Periódico El Comentario

La nueva dinámica de las universidades

El llamado neointervencionismo estatal en las instituciones de educación superior, especialmente en las universidades públicas, conforma hoy uno de los objetos de estudio más vigorosos en el campo educativo mexicano, desde distintas perspectivas (políticas, económicas, sociológicas y pedagógicas).

Autonomía universitaria, productivismo, burocratización, sobre regulación, empresarialización y gobierno universitario son, entre otras, algunas de las palabras clave del tema. Ya no hay duda en algunas zonas del debate. Por ejemplo, una de las conclusiones más comunes es que asistimos a una mutación profunda de la universidad, no epidérmica, pero con algunos rasgos poco deseables para la academia.

Dejo enseguida un extenso párrafo tomado del libro de Adrián Acosta, de sugerente y evocador título (“Príncipes, burócratas y gerentes. El gobierno de las universidades públicas en México”, ANUIES, 2009), para ilustrar riesgos inminentes: “Pero otra de las consecuencias del nuevo intervencionismo estatal tiene que ver con la obsesión por el control de los insumos, los procesos y los resultados de las acciones gubernamentales en la educación superior. De esta obsesión –y sus respectivas traducciones institucionales en cada universidad- se alimenta el llenado masivo de formatos, informes, evaluaciones, autoevaluaciones, producción de indicadores, documentos, reuniones, talleres, seminarios. El activismo de los funcionarios gubernamentales y universitarios se ha respaldado en programas, metodologías y enfoques que han alcanzado un insospechado grado de sofisticación, alimentado en su mayor parte por consultores locales e internacionales que han incorporado a las universidades públicas entre el tipo de organizaciones que conforman sus carteras de clientes y proveedores –parte de lo que se ha denominado como la ‘empresarialización’ de la universidad… Todo ello tiene que ver, más que con la rendición de cuentas (el paradigma invocado por el propio gobierno federal para argumentar su activismo), con el control burocrático sobre las universidades y sobre los académicos, que ha confeccionado una extraña mezcla de resultados no deseados o perversos en la gestión universitaria, que van desde sospechas sobre la manipulación de la información institucional hasta la certeza sobre el fortalecimiento del fenómeno de sobre burocratización de la vida académica universitaria”.

La realidad que pinta el párrafo de Adrián Acosta es ya, para nuestra desgracia, un retrato costumbrista de la vida en las universidades públicas mexicanas. Su costo puede ser incalculable. Por fortuna, tiene solución. Una de las ideas más simples pero profundas del educador brasileño Paulo Freire es que el mundo no es, que la educación no es, sino que están siendo, por tanto no están acabados. Si creemos en la idea freireana, entonces la transformación de la educación superior mexicana, en los rasgos indeseables que describe Adrián Acosta, no está agotada, depende de sus actores, y puede ser distinta. ¿Será deseable para muchos?

Fuente: Periódico El Comentario

Las buenas maneras

El futbol, los futbolistas y quienes disfrutan del más popular de los deportes no gozan de buena reputación intelectual. A pesar de los notables casos de inteligencia y dignidad que rodean el futbol, son también aplastantes las evidencias de que con poquísimo intelecto se puede descollar en ese deporte.

Aunque las limitaciones en el desarrollo intelectual son comunes en el medio futbolístico, existen muchos edificantes ejemplos, buenas maneras para reivindicar que, más allá de la irracionalidad, o de la racionalidad preponderantemente económica del futbol, se conservan atributos que dignifican al deporte y a los seres humanos.

En uno de los más intensos partidos que se han jugado este año –y en mucho tiempo-, entre el Arsenal y el Barcelona, en Londres, para avanzar en las eliminatorias de la llamada Liga de campeones europeos, ocurrió un caso ilustrativo. El ingreso a la cancha de un futbolista francés del equipo catalán, Thierry Henry, que durante varios años vistió los colores del Arsenal, desgranó una impresionante ovación del público, que le reconocía el valor y el lugar que tiene en la historia de su equipo, como el máximo anotador. Luego, ya en la cancha, el trato fue el mismo que para los otros rivales, pero no dejaron pasar la ocasión de agradecerle y reconocerle. Una pancarta en el estadio rezaba: Bienvenido a tu casa.

El futbol inglés es pródigo en buenas maneras. Cómo olvidar, por ejemplo, que en un partido profesional uno de los equipos anotó un gol con la complicidad del arbitro, en un error garrafal, pero el equipo anotador, en una inusitada exhibición de decencia, permitió que el equipo burlado anotara enseguida apenas mover el balón para reanudar el partido. Eso, entre nosotros, rayaría entre la ingenuidad y la estupidez.

Imposible olvidar otro hecho con los ingleses en la cancha, aquí en México: mientras los argentinos celebraba el engaño de un gol anotado por Diego Maradona con la mano, en el mundial de 1986, los ingleses no acertaban a entender lo ocurrido, más que por el gol, por el festejo producto del engaño, y hasta ahora lo siguen recordando con dolor.

No sé si los ingleses son un buen ejemplo para el mundo, pero allí pasan situaciones admirables. No en todos los estadios se repite lo acontecido con Thierry Henry, o que un equipo se deje anotar para reparar un error. Lo común es que los equipos traten de aplastar al rival en la cancha y, a veces, fuera de ella, con insultos y a veces con agresiones físicas. No son situaciones ordinarias, pero que las haya es una muestra de que a pesar de tanto engaño y tanto abuso, las buenas maneras tienen todavía asiento de honor, que se premian la cortesía y la honorabilidad.

Por eso, creo que es tiempo de que la decencia sea más que una lluvia de estrellas, en el futbol, en la educación y sobre todo en la política. Y cuando ocurra, hay que celebrarlo y contarlo, porque lo bueno también debe ser noticia.

Fuente: Periódico El Comentario

Mis maestros

La celebración del 15 de mayo es buena ocasión para recordar a los excepcionales maestros que cada quien tuvo en su vida escolar. En mi caso, suelo recordarlos grata y frecuentemente, pues de ellos aprendí, más que datos o conocimientos, la pasión por su oficio. En esa palabra, pasión, resumo la nota común de todos mis mejores maestros. Su intensidad emocional y claridad intelectual primero me mostraron el horizonte de la docencia como vocación, y más adelante me confirmaron que la academia es la única que pude haber tomado en la vida, incluso si hubiese estudiado una carrera ajena al campo pedagógico.

En mi recuento es imposible olvidar las vibrantes disertaciones del profesor Goyo Macedo en el bachillerato. En licenciatura, José Miguel Romero de Solís me sedujo con la historia, mientras asistía a sus clases de “Historia de la educación” e “Historia de la educación en México”. Fue tal mi tentación que me propuse leer –y lo logré-, entre otros, los dos gruesos textos más significativos de Francisco Larroyo, un gigante de la pedagogía mexicana.

La UNAM fue un encuentro de otra dimensión con el mundo intelectual universitario, indescriptible e imborrable. Ver pasar hacia su clase los lunes a Adolfo Sánchez Vázquez, el viejo y sabio filósofo nacido en España, o deambular en los pasillos a Leopoldo Zea, no menos docto, son experiencias que recuerdo como si las viviera hoy. Por cierto, ambos siempre con libros bajo el brazo. Tal vez por eso no logro concebir, entre las ciencias sociales y humanidades, a un profesor rumbo al aula sin libros en las manos, ni siquiera en tiempos de lap top e Internet.

En las sesiones del consejo de posgrado, por dos años, fui uno de los dos afortunados estudiantes que convivieron con personajes emblemáticos de todas las carreras que alberga la Facultad de Filosofía y Letras, con el liderazgo de una mujer excepcional, nuestra directora, Juliana González, filósofa e inteligente sin par. Estar sentado allí, al lado de todas y todos ellos no figura en mi curriculum vitae, porque no lo tengo, y porque no podría reconstruir lo aprendido.

Mi lista de maestros excepcionales creció en la mejor facultad de humanidades de Iberoamérica. Sin orden de prioridad, como me vienen a la memoria del corazón, tengo a Juan Carlos Geneyro, argentino y estupendo conversador, con quien trabé amistad que perdura; excelentísimo orador que dejó su huella en varias generaciones de la maestría en educación en la Universidad de Colima. Ángel Díaz Barriga, un monstruo a quien escuchábamos expectantes cada miércoles, en un salón atestado de estudiantes mexicanos y de otros países. Alfredo Furlán, el querido Alfredo, convertido luego en mi tutor de tesis, ejemplo de vitalidad y lucidez intelectual, quien pese a terrible enfermedad sigue siendo un modelo.

Junto a ellos encontré a otro grupo de seres humanos que me dejaron honda huella, sin haber estado en sus listas de asistencia. Pablo Latapí, hombre de cien mil enseñanzas y no preciso decir más. Carlos de la Isla, desafiante sexagenario que sobrevivió ideológicamente al ITAM (una de las más exclusivas universidades privadas de élite), que hoy seguirá, no dudo, soñando en un mundo mujer. Luis Porter y Hugo Casanova, colegas y amigos ya, son un lujo en la última etapa de mi formación doctoral. Mujeres excepcionales también aparecieron: Martha Corenstein y Ana María Salmerón en la UNAM, y la admirable maestra Sara Lourdes Cruz, en Colima.

Ese es mi propio cuadro de honor, las mujeres y hombres a quienes debo la pasión por lo que hago y en quienes encontré -y sigo abrevando- inspiración y ejemplo. Con ellos y ellas es posible afirmar lo que escribió Rubem Alves: “Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna forma continuamos vivos en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo por la magia de nuestra palabra. El profesor, así, no muere jamás.” Por eso siguen conmigo, por eso peregrino sobre los rastros que deja su estela.

Fuente: Periódico El Comentario

El gobierno de las universidades

Adrián Acosta en su libro “Príncipes, burócratas y gerentes. El gobierno de las universidades públicas en México”, publicado por la Anuies en 2009, afirma que entre 1940 y 1990 en México hubo tres grandes tipos de gobiernos universitarios, definidos a partir de quién y cómo se decide el nombramiento de su rector.

El primer tipo, denominado “gobierno unicéfalo”, es aquel en que el consejo universitario, su máxima autoridad, elige al rector a través de dos vías: elección directa de toda la comunidad , o indirecta, mediante el voto ponderado de los miembros del consejo universitario. En el segundo, “gobierno bicéfalo”, coexisten una junta o consejo de gobierno y el consejo universitario, y el primero tiene la facultad de nombrar al rector y a los directores de escuelas, con el apoyo de distintos mecanismos de consulta a la comunidad. En el tercero, el gobernador del Estado designa al rector, con base en una propuesta del consejo universitario o de la consulta por su parte.

Las diferencias entre los tres son notorias. La elección del rector, dice Acosta, es “la llave maestra” de los sistemas de gobierno universitario. A la primera corresponde una fórmula de gobernabilidad “político/burocrática”, a la segunda, “colegiada/burocrática”, y la tercera es “política”.

En los años ochenta la mayor parte de los gobiernos universitarios funcionaban con estructuras basadas en el predominio de los consejos. Por su parte, los gobiernos bicéfalos tenían entonces poca presencia, mientras que siete universidades públicas tenían como rector a quien designaba el gobernador de la entidad o el gobierno federal (el Instituto Politécnico Nacional, como hasta ahora).

En los años noventa cambió el panorama: las formas de gobierno y de gobernabilidad pasaron de esquemas unicéfalos a bicéfalos. Así, al empezar la década actual 22 universidades tenían gobiernos unicéfalos, 14 bicéfalos y uno subordinado (IPN). Para 2007, del mismo universo fueron ya 16 las que conjugaban consejos universitarios y juntas de gobierno.

Los anteriores son los hechos. Las interpretaciones pueden variar. Hay conclusiones más o menos inobjetables: la desaparición de los gobernadores como actores en la elección del rector, la mayor presencia de actores sociales externos a las universidades, que restan conflictividad y despolitizan la elección de autoridades, pero que también son apoyos y legitimación para los rectores.

En su análisis de cinco universidades mexicanas, Adrián Acosta concluye con lo que parece una obviedad, pero resulta crucial en el destino de las instituciones educativas: “un mejor gobierno universitario (un buen gobierno institucional) facilita un mejor desempeño institucional. Es decir, en la medida en que se configura un gobierno eficaz con alta legitimidad de origen o de desempeño, será posible no solamente asegurar la estabilidad de las universidades (el bien mayor en términos de muchos actores universitarios y de los gobiernos local y nacional), sino también permitir un mejor rendimiento de los procesos y resultados académicos, administrativos y financieros de las universidades”.

La elección de rector no es, en consecuencia, la oportunidad de montarse en una plataforma política, ni un triunfo individual, sino la clave para la gobernabilidad universitaria y para su desempeño responsable en la sociedad.

Fuente: Periódico El Comentario

Página 181 de 183« Primera...102030...179180181182183