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Las buenas maneras

El futbol, los futbolistas y quienes disfrutan del más popular de los deportes no gozan de buena reputación intelectual. A pesar de los notables casos de inteligencia y dignidad que rodean el futbol, son también aplastantes las evidencias de que con poquísimo intelecto se puede descollar en ese deporte.

Aunque las limitaciones en el desarrollo intelectual son comunes en el medio futbolístico, existen muchos edificantes ejemplos, buenas maneras para reivindicar que, más allá de la irracionalidad, o de la racionalidad preponderantemente económica del futbol, se conservan atributos que dignifican al deporte y a los seres humanos.

En uno de los más intensos partidos que se han jugado este año –y en mucho tiempo-, entre el Arsenal y el Barcelona, en Londres, para avanzar en las eliminatorias de la llamada Liga de campeones europeos, ocurrió un caso ilustrativo. El ingreso a la cancha de un futbolista francés del equipo catalán, Thierry Henry, que durante varios años vistió los colores del Arsenal, desgranó una impresionante ovación del público, que le reconocía el valor y el lugar que tiene en la historia de su equipo, como el máximo anotador. Luego, ya en la cancha, el trato fue el mismo que para los otros rivales, pero no dejaron pasar la ocasión de agradecerle y reconocerle. Una pancarta en el estadio rezaba: Bienvenido a tu casa.

El futbol inglés es pródigo en buenas maneras. Cómo olvidar, por ejemplo, que en un partido profesional uno de los equipos anotó un gol con la complicidad del arbitro, en un error garrafal, pero el equipo anotador, en una inusitada exhibición de decencia, permitió que el equipo burlado anotara enseguida apenas mover el balón para reanudar el partido. Eso, entre nosotros, rayaría entre la ingenuidad y la estupidez.

Imposible olvidar otro hecho con los ingleses en la cancha, aquí en México: mientras los argentinos celebraba el engaño de un gol anotado por Diego Maradona con la mano, en el mundial de 1986, los ingleses no acertaban a entender lo ocurrido, más que por el gol, por el festejo producto del engaño, y hasta ahora lo siguen recordando con dolor.

No sé si los ingleses son un buen ejemplo para el mundo, pero allí pasan situaciones admirables. No en todos los estadios se repite lo acontecido con Thierry Henry, o que un equipo se deje anotar para reparar un error. Lo común es que los equipos traten de aplastar al rival en la cancha y, a veces, fuera de ella, con insultos y a veces con agresiones físicas. No son situaciones ordinarias, pero que las haya es una muestra de que a pesar de tanto engaño y tanto abuso, las buenas maneras tienen todavía asiento de honor, que se premian la cortesía y la honorabilidad.

Por eso, creo que es tiempo de que la decencia sea más que una lluvia de estrellas, en el futbol, en la educación y sobre todo en la política. Y cuando ocurra, hay que celebrarlo y contarlo, porque lo bueno también debe ser noticia.

Fuente: Periódico El Comentario

Mis maestros

La celebración del 15 de mayo es buena ocasión para recordar a los excepcionales maestros que cada quien tuvo en su vida escolar. En mi caso, suelo recordarlos grata y frecuentemente, pues de ellos aprendí, más que datos o conocimientos, la pasión por su oficio. En esa palabra, pasión, resumo la nota común de todos mis mejores maestros. Su intensidad emocional y claridad intelectual primero me mostraron el horizonte de la docencia como vocación, y más adelante me confirmaron que la academia es la única que pude haber tomado en la vida, incluso si hubiese estudiado una carrera ajena al campo pedagógico.

En mi recuento es imposible olvidar las vibrantes disertaciones del profesor Goyo Macedo en el bachillerato. En licenciatura, José Miguel Romero de Solís me sedujo con la historia, mientras asistía a sus clases de “Historia de la educación” e “Historia de la educación en México”. Fue tal mi tentación que me propuse leer –y lo logré-, entre otros, los dos gruesos textos más significativos de Francisco Larroyo, un gigante de la pedagogía mexicana.

La UNAM fue un encuentro de otra dimensión con el mundo intelectual universitario, indescriptible e imborrable. Ver pasar hacia su clase los lunes a Adolfo Sánchez Vázquez, el viejo y sabio filósofo nacido en España, o deambular en los pasillos a Leopoldo Zea, no menos docto, son experiencias que recuerdo como si las viviera hoy. Por cierto, ambos siempre con libros bajo el brazo. Tal vez por eso no logro concebir, entre las ciencias sociales y humanidades, a un profesor rumbo al aula sin libros en las manos, ni siquiera en tiempos de lap top e Internet.

En las sesiones del consejo de posgrado, por dos años, fui uno de los dos afortunados estudiantes que convivieron con personajes emblemáticos de todas las carreras que alberga la Facultad de Filosofía y Letras, con el liderazgo de una mujer excepcional, nuestra directora, Juliana González, filósofa e inteligente sin par. Estar sentado allí, al lado de todas y todos ellos no figura en mi curriculum vitae, porque no lo tengo, y porque no podría reconstruir lo aprendido.

Mi lista de maestros excepcionales creció en la mejor facultad de humanidades de Iberoamérica. Sin orden de prioridad, como me vienen a la memoria del corazón, tengo a Juan Carlos Geneyro, argentino y estupendo conversador, con quien trabé amistad que perdura; excelentísimo orador que dejó su huella en varias generaciones de la maestría en educación en la Universidad de Colima. Ángel Díaz Barriga, un monstruo a quien escuchábamos expectantes cada miércoles, en un salón atestado de estudiantes mexicanos y de otros países. Alfredo Furlán, el querido Alfredo, convertido luego en mi tutor de tesis, ejemplo de vitalidad y lucidez intelectual, quien pese a terrible enfermedad sigue siendo un modelo.

Junto a ellos encontré a otro grupo de seres humanos que me dejaron honda huella, sin haber estado en sus listas de asistencia. Pablo Latapí, hombre de cien mil enseñanzas y no preciso decir más. Carlos de la Isla, desafiante sexagenario que sobrevivió ideológicamente al ITAM (una de las más exclusivas universidades privadas de élite), que hoy seguirá, no dudo, soñando en un mundo mujer. Luis Porter y Hugo Casanova, colegas y amigos ya, son un lujo en la última etapa de mi formación doctoral. Mujeres excepcionales también aparecieron: Martha Corenstein y Ana María Salmerón en la UNAM, y la admirable maestra Sara Lourdes Cruz, en Colima.

Ese es mi propio cuadro de honor, las mujeres y hombres a quienes debo la pasión por lo que hago y en quienes encontré -y sigo abrevando- inspiración y ejemplo. Con ellos y ellas es posible afirmar lo que escribió Rubem Alves: “Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna forma continuamos vivos en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo por la magia de nuestra palabra. El profesor, así, no muere jamás.” Por eso siguen conmigo, por eso peregrino sobre los rastros que deja su estela.

Fuente: Periódico El Comentario

El gobierno de las universidades

Adrián Acosta en su libro “Príncipes, burócratas y gerentes. El gobierno de las universidades públicas en México”, publicado por la Anuies en 2009, afirma que entre 1940 y 1990 en México hubo tres grandes tipos de gobiernos universitarios, definidos a partir de quién y cómo se decide el nombramiento de su rector.

El primer tipo, denominado “gobierno unicéfalo”, es aquel en que el consejo universitario, su máxima autoridad, elige al rector a través de dos vías: elección directa de toda la comunidad , o indirecta, mediante el voto ponderado de los miembros del consejo universitario. En el segundo, “gobierno bicéfalo”, coexisten una junta o consejo de gobierno y el consejo universitario, y el primero tiene la facultad de nombrar al rector y a los directores de escuelas, con el apoyo de distintos mecanismos de consulta a la comunidad. En el tercero, el gobernador del Estado designa al rector, con base en una propuesta del consejo universitario o de la consulta por su parte.

Las diferencias entre los tres son notorias. La elección del rector, dice Acosta, es “la llave maestra” de los sistemas de gobierno universitario. A la primera corresponde una fórmula de gobernabilidad “político/burocrática”, a la segunda, “colegiada/burocrática”, y la tercera es “política”.

En los años ochenta la mayor parte de los gobiernos universitarios funcionaban con estructuras basadas en el predominio de los consejos. Por su parte, los gobiernos bicéfalos tenían entonces poca presencia, mientras que siete universidades públicas tenían como rector a quien designaba el gobernador de la entidad o el gobierno federal (el Instituto Politécnico Nacional, como hasta ahora).

En los años noventa cambió el panorama: las formas de gobierno y de gobernabilidad pasaron de esquemas unicéfalos a bicéfalos. Así, al empezar la década actual 22 universidades tenían gobiernos unicéfalos, 14 bicéfalos y uno subordinado (IPN). Para 2007, del mismo universo fueron ya 16 las que conjugaban consejos universitarios y juntas de gobierno.

Los anteriores son los hechos. Las interpretaciones pueden variar. Hay conclusiones más o menos inobjetables: la desaparición de los gobernadores como actores en la elección del rector, la mayor presencia de actores sociales externos a las universidades, que restan conflictividad y despolitizan la elección de autoridades, pero que también son apoyos y legitimación para los rectores.

En su análisis de cinco universidades mexicanas, Adrián Acosta concluye con lo que parece una obviedad, pero resulta crucial en el destino de las instituciones educativas: “un mejor gobierno universitario (un buen gobierno institucional) facilita un mejor desempeño institucional. Es decir, en la medida en que se configura un gobierno eficaz con alta legitimidad de origen o de desempeño, será posible no solamente asegurar la estabilidad de las universidades (el bien mayor en términos de muchos actores universitarios y de los gobiernos local y nacional), sino también permitir un mejor rendimiento de los procesos y resultados académicos, administrativos y financieros de las universidades”.

La elección de rector no es, en consecuencia, la oportunidad de montarse en una plataforma política, ni un triunfo individual, sino la clave para la gobernabilidad universitaria y para su desempeño responsable en la sociedad.

Fuente: Periódico El Comentario

Por qué cambiar la Universidad

La invitación para una conferencia en Manzanillo, en el marco de las VI jornadas de internacionalización, me dio la oportunidad de reflexionar en torno al proceso de transformación en marcha en la Universidad de Colima, particularmente en las razones del cambio.

Con frecuencia he escuchado opiniones distintas pero que convergen en un mismo argumento: por qué cambiar si la Universidad es una de las mejores del país. En efecto, con base en los indicadores de la Secretaría de Educación Pública la máxima casa de estudios colimense se ubica entre las primeras, por sus buenos resultados durante un lapso ya largo. Si es así, dicen, para qué la queremos cambiar.

En las preguntas y críticas que algunos formulan anida una apreciación errónea: para cambiar, supondrían, hay que estar mal, tener problemas o una obligación externa. No. El cambio no debe ser una respuesta reactiva, que va después del problema o de un estallido. El cambio es una constante en la sociedad de nuestro tiempo, que se debe traducir en un proyecto sistemático para ordenar los factores que afectan el desempeño de un sistema o una institución y construir las condiciones para optimizarla. Eso es lo que se hace ahora en la Universidad.

Por qué cambiar, dirán otros, cuando el rector está en su segundo periodo rectoral. Un cuestionamiento que deriva de la tradicional forma de ejercicio político en el país. Los gobernadores, los políticos, los rectores, como ahora hace el doctor Aguayo, no deben pensar en hacer un trabajo de lucimiento personal y válido durante los cuatro, seis u ocho años que duren frente a un cargo público. Voy a explicarlo de otra forma, con el apoyo de Hugo Casanova, uno de los expertos de la educación superior en México, quien hablando de la UNAM nos dice: “La universidad de 2010 no la construimos nosotros; la hicieron quienes nos precedieron. Nuestro papel es construir la de las próximas tres, cuatro o cinco generaciones.”

Eso, justamente es lo que explica la actitud del rector Aguayo: el reconocimiento de que la Universidad de Colima hoy es la universidad edificada por el esfuerzo y el talento de mucha gente a lo largo del tiempo, destacadamente de sus últimos tres rectores. Y ahora a él, a nosotros nos toca construir la Universidad para el 2030.

Finalmente, a mi juicio, tres razones sintetizan por qué transformar la Universidad de Colima. Las explico en forma sucinta. Primera: la universidad debe evitar la autocomplacencia, conformarse con lo alcanzado, siempre imperfecto y siempre perfectible; quienes en ella trabajamos tenemos la obligación de la reflexión crítica y la autocrítica. Tenemos la obligación de construir visiones más ambiciosas. Segunda: no se requiere estar en crisis para cambiar; incluso, el cambio puede ser más complicado en situaciones convulsas. Tercera: la universidad debe aprovechar su estabilidad laboral, la conjunción de objetivos (con las diferencias propias de una entidad donde se piensa) y fortalecer un proceso de cambio incluyente.

Las comunidades universitarias tienen la obligación, decía Derrida, de discutirlo todo, pero cuando se ha discutido tienen la obligación de hacerlo todo, lo que acordaron y conviene para cumplir sus misiones. Esa es la responsabilidad histórica que tenemos. Es hora de dar un paso adelante, porque es nuestra tarea, por las generaciones que vendrán a educarse a las aulas universitarias.

Fuente: Periódico El Comentario

Nietzsche y la universidad

Entre los incesantes montones de libros sin leer que me aguardan en casa, una mañana de vacaciones cayó a mis manos, literal y físicamente, “Sobre el porvenir de nuestras escuelas”, escrito por Friedrich Nietzsche cuando apenas cumplía 27 años.

No sé ahora dónde conseguí la joyita publicada por Tusquets, pero es irrelevante, por supuesto. Lo importante es el libro, su contenido, juzgado desde la pedagogía y no desde la filosofía. Una virtud didáctica es la ejemplar sencillez con que Nietzsche reflexiona clara y lúdicamente de temas complejos y polémicos en las cinco conferencias de la obra. El filósofo, nacido en 1844, nos recuerda que en el desarrollo del pensamiento muchas de las preguntas esenciales siguen siendo las mismas desde que surgió la filosofía.

Varias ideas podría comentar del libro, pródigo en genialidades en apenas 160 páginas, pero me circunscribiré a compartir un par de párrafos que podrían suscribirse hoy. El primero resume muchas de las críticas que demuelen el discurso dominante de las políticas educacionales.

En la conferencia inicial, Nietzsche hace decir a uno de los dos filósofos que discurren bajo la mirada curiosa de dos jóvenes practicantes de tiro: “A partir de la moral aquí triunfante, se necesita indudablemente algo opuesto, es decir, una cutura ‘rápida’, que capacite a los individuos deprisa para ganar dinero, y , aun así, suficientemente fundamentada para que puedan llegar a ser individuos que ganen muchísimo dinero.”

El segundo párrafo es de la segunda conferencia; de nuevo el diálogo entre los dos filósofos. Dice el viejo sabio: “atribuyo al instituto de bachillerato, como tú, una importancia enorme: todas las demás instituciones deben valorarse con el criterio de los fines culturales a que se aspira mediante el instituto; cuando las tendencias de éste sufren desviaciones, todas las demás instituciones sufren las consecuencias de ello, y, mediante la depuración y la renovación del instituto, se depuran y renuevan igualmente las demás instituciones educativas. Ni siquiera la universidad puede pretender ahora tener semejante importancia… La universidad, en su estructura actual, puede considerarse simplemente –al menos, en un aspecto esencial- como el remate de la tendencia existente en el instituto de bachillerato”.

Si antes de leer este segundo párrafo de Nietzsche creía en el valor del bachillerato, ahora no tengo duda que la transformación en marcha en la Universidad de Colima tiene un sitio vital en sus bachilleratos: impactar allí, en la práctica de sus profesores y en los horizontes culturales de los alumnos, sólo en eso, sería suficiente para cambiar a la universidad. En principio, ganarían los doce mil estudiantes de bachillerato que luego, en su gran mayoría, serán de la licenciatura y los posgrados. Allí está el valor del bachillerato. Aunque ello no significa que no deba modificarse el resto de la institución; quiere decir, nada más, que una transformación sin precedentes puede potenciarse desde el bachillerato.

Fuente: Periódico El Comentario

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