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El valor de la universidad pública

En 2005 se celebró en Barcelona la “Second International Conference on Higher Education”, auspiciada por la red internacional de instituciones de enseñanza superior, conocida por sus siglas en inglés como GUNI (Global University Network for Innovation). Sus recomendaciones resaltaron, entre otros aspectos, el valor social de la educación superior, su definición como derecho y el papel ineludible de los gobiernos en su financiamiento.

En la misma reunión de GUNI se realizó un encuentro de premios Nobel que acordaron una serie de conclusiones conectadas con aquellas, que deben ser ponderadas en la justa dimensión del valor intelectual y social de quienes las signaron. Los resultados de la conferencia y del encuentro de los notables constituyen una firme postura respecto al presente y futuro de la enseñanza superior.

En momentos en que se avecinan tiempos sombríos por las amenazas financieras que se ciernen sobre las universidades, conviene repasar aquellos acuerdos, especialmente en un contexto como el nuestro donde los recursos no alcanzan para educación pero sí aumentan para pagar los compromisos de la deuda y los costos de la guerra contra el crimen organizado. Veamos algunas conclusiones.

-La educación superior es un bien público que debe llegar a todos. En ese sentido, las instituciones de educación superior, independientemente del origen de sus recursos, cumplen una función pública que debe gestionarse con autonomía política respecto a los estados y autonomía financiera respecto a las empresas.

-Los fines de la educación superior son antagónicos a la búsqueda del lucro o beneficios económicos directos de la actividad. Debe proveerse sobre la base de la igualdad y negarse a cualquier forma de discriminación, especialmente comercial o financiera.

-Como servicio público la docencia y la investigación deben ejercerse con libertad pero al servicio de la sociedad.

-El futuro de la educación superior depende en buena medida de los alumnos, por lo cual es imprescindible el diálogo entre las universidades y los niveles escolares previos.

-La educación superior debe transformar a los estudiantes en ciudadanos.

-Conforme a lo dispuesto en el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos son los méritos el criterio para acceder a la educación superior. A mi juicio, es el único punto cuestionable, pues las investigaciones sociológicas son prolijas en demostrar que los rendimientos escolares están condicionados por el medio social de los estudiantes, lo cual, misteriosamente, conduce a los jóvenes de las capas medias y altas a tener mayores probabilidades de ingresar a las universidades, no porque dichos segmentos sean más inteligentes o más disciplinados.

-Las instituciones de enseñanza superior deben desempeñar un rol crucial frente a la problemática social, no pueden aislarse de sus entornos ni enfrascarse en sus propias necesidades.

-Las universidades deben ejercer un papel de vigilancia crítica sobre la sociedad, los problemas del mundo y sobre sí misma.

-Se niega el carácter de mercancía de la educación superior, en un mundo dividido y pauperizado.

Sólo una visión de ese tipo, convencida del valor de la educación, generará los factores para mejorar el funcionamiento de la instituciones, su capacidad de incidir en la transformación social y las condiciones que permitan a los jóvenes su acceso a ellas, sin tener como handicap la lotería perversa que les hizo nacer en un barrio pobre de una ciudad miseria y no en los barrios electrificados de las metrópolis.

Fuente: Periódico El Comentario

Persistencia de la exclusión

El cuarto informe del presidente Felipe Calderón muestra los pobres avances del país en materia educativa. La educación sigue siendo un derecho no efectivo para un enorme grupo de mexicanos; para millones, una posibilidad perdida de manera irremediable conforme aumentan su edad; para otros tantos, se reduce a la oportunidad de una primera inscripción en el nivel educativo y su deserción temprana del aparato escolar, como antesala de la exclusión social o como corolario de la marginalidad.

Las cifras expuestas hace unos días no admiten el optimismo: el gasto nacional en educación disminuyó 0.7% con respecto a 2009; el índice nacional de analfabetismo de la población de 15 y más años es de 7.4%, menor a 2009 sólo en menos de 40 mil personas; los analfabetos y personas sin educación básica completa suman 33.4 millones, un millón más que al inicio del régimen de Vicente Fox, el 42.6% de esa población; finalmente, la atención al grupo etario disminuyó en 11.5% respecto al año anterior, es decir, que en 2011 tampoco habría mejoras en el indicador.
La cobertura en educación media superior (16-18 años) se estima hoy en 64.4%, pero la eficiencia terminal en bachillerato es de 62.9%, en otras palabras, a dicho nivel educativo ingresan dos terceras partes de los jóvenes en esa edad, y sólo terminan seis de cada diez. En suma, con ese comportamiento menos de la mitad de los jóvenes del siglo XXI tendrán un certificado de bachillerato.
En educación superior las cifras son más críticas. Las cuentas oficiales ubican la cobertura en 30%, y la eficiencia terminal ni siquiera aparece en el cuadro que muestra los indicadores más relevantes, de ese modo, el porcentaje de jóvenes mexicanos con un título de enseñanza superior podría estimarse apenas entre el 10 y el 15% del grupo de edad, panorama distante al de los países de semejante nivel de desarrollo.

Dirán, y con razón, que las cifras oficiales muestran avances, pero son nimios con respecto a los rezagos y los promesas. Son inobjetables también las tendencias, y los hallazgos en la investigación pedagógica y sociológica no avalan que estemos frente a un proyecto educativo para resarcir desigualdades sociales y escolares.
Las cifras anteriores y otras sólo documentan la fragilidad de un sistema social incapaz de dotar a sus ciudadanos de los beneficios de la instrucción mínima, consagrada en la Constitución y conferida a todos los hombres y mujeres en la Declaración Universal de los Derechos Humanos por el simple hecho de haber nacido.
Una conclusión es dolorosa en las cifras del cuarto informe presidencial: en México la educación no está garantizada a todos, ni todos los estudiantes tienen acceso a una buena formación. Lo único que tal estado de cosas garantiza es la perpetuación de enormes circuitos de desigualdad, así como la transmisión intergeneracional de pobreza y desesperanza. No hay que tener una bola de cristal: los pobres, principalmente ellos, seguirán siendo pobres, ignorantes y víctimas de la violencia.

Fuente: Periódico El Comentario

Un día cualquiera

Cuando las vacaciones hacen honor a su nombre y la tranquilidad se asienta sin tapujos, cuando uno olvida o cree olvidar que vive en un país o en una ciudad que de pronto –es un eufemismo, lo sé- se volvió insegura y peligrosa, me resultó placentero releer “Días y noches de amor y de guerra”, del escritor e intelectual uruguayo Eduardo Galeano. Mi interés para regresar a ese viejo texto era el tema de la memoria, quiero decir, el valor de la memoria entre los seres humanos, como un recurso imprescindible para no perder el norte ni el sur, para no olvidar, para recordar, para recrear lo bueno –abundante o escaso- que tiene o encuentra uno en la vida, y por supuesto, para indignarse cada vez que sea menester.

Reencontrar al inestimable Galeano fue la mejor noticia que pude darme esa tarde del miércoles, o jueves. Empecé la lectura y pedí café en una plaza comercial, mientras esperaba a mi hija que juega, y velo el sueño del pequeñito de nueve meses que tiene mi nombre. Aquí al lado apenas le hacen mella los gritos de otros chiquillos, y no me interrumpen suficiente como para zafarme del libro. Ellos, mis hijos, cada uno en su mundo, felices; el padre, a su manera hace lo propio.

Después de repasar por la mañana la edición del “Diario de Colima”, con las terribles noticias que ya se vuelven dolorosamente comunes, una frase del libro en cuestión se me pega en la memoria y en el corazón, extraña, misteriosamente: “Cada muerto se muere varias veces y al final sólo te queda, en el alma, una niebla de horror y de incertidumbre.”

“Días y noches de amor y de guerra” no es el canto a la alegría, tampoco es la celebración ingenua de los hombres y mujeres, son mil historias en trocitos que su autor recogió en el exilio, en su conversación con Allende, con Gelman, con Zitarrosa, con tantos y tantos entrañables conocidos o no, en situaciones menudas, en anécdotas, en callecitas olvidadas y ciudades perdidas de nuestra América Latina. Pero es, sobre todo, y por eso vale la pena, la celebración de la memoria, de la esperanza y de la lucha, de la necesidad de creer en el ser humano y en el valor del esfuerzo constante. Es también un recuento de desgracias y canallas, para no olvidar, para recordar y celebrar el lado luminoso de la vida, el que forman los hombres y mujeres que sólo aspiran a construir una sociedad justa, democrática pero próspera, digna y entrañablemente humana.

Fuente: Periódico El Comentario

Razones para continuar

La educación es un proceso social complejo, y la transformación de los sistemas escolares o de las instituciones educativas una tarea que reclama, además de lucidez y recursos, una enorme perseverancia y la confianza en que, pese a tantos argumentos en contra, ella sigue siendo un instrumento confiable para cambiar a las personas.

No es fácil mantener la esperanza, pero un profesor que no la tiene tampoco educa. Alguna vez leí en Fernando Savater que los pesimistas pueden ser buenos domadores, pero no buenos educadores. Lo creo, sin duda, pues sin esperanza no hay educación y tampoco transformación.

Una lista de las objeciones hacia la educación podría ser interminable. Habrá algunas que no sean desdeñables, como erróneas políticas, escasos recursos, magros resultados, pésimos diagnósticos, autoridades poco profesionales o francamente irresponsables, dirigentes sindicales corruptos, profesores flojos y sin convicción por su tarea, en fin. Pero luego de la indignación por todo eso, o precisamente por eso, debe renacer con mayor fuerza la esperanza, la necesidad de armarse y disponerse a las batallas cotidianas para sacar lo mejor, o ayudar a sacar lo mejor –como cada uno prefiera- de los estudiantes con quienes trabaja y a quienes tiene la obligación de educar.

Entre más tiempo paso entre escuelas y conviviendo con profesores, o leyendo y analizando experiencias, más claro tengo que, como decía Paulo Freire, el cambio es difícil pero es posible. Hace un par de semanas lo ratifiqué de nuevo en la Universidad de Guadalajara, a donde asistí invitado al segundo encuentro regional de tutorías organizado por la región centro occidente de la Asociación Nacional de Universidades. El tema que abordé fue la docencia y las tutorías. No voy a repetir lo que dije, sino a compartir la emoción que me produce conversar con colegas profesoras y profesores, el brillo de sus ojos cuando comparten un comentario o una idea, la generosidad con la que se acercan al final, te piden una opinión, agradecen o te saludan para expresar su beneplácito.

Ahora fue en Guadalajara, como dije, pero una semanas atrás fue algo semejante con estudiantes de la escuela normal de Colima, un grupo selecto como pocos y al que debemos cuidar como a nadie, porque representan la renovación de la docencia, pues en sus manos, en su inteligencia y sensibilidad estará el futuro de nuestros hijos y nuestra sociedad.

Ese brillo, la actitud de los estudiantes y los profesores, sus preguntas o comentarios, los “papelitos” que envían con algún mensaje, la sugerencia de qué libro leer son, en mi balance, argumentos para creer en el presente y en el futuro de la educación, para confiar y tener la esperanza en la tarea educadora, difícil pero posible. Por eso vale la pena seguir.

Fuente: Periódico El Comentario

¡Pobres vidas!

Si el trabajo dignifica al hombre, por qué se aburren tanto, preguntó al aire Joan Manuel Serrat en un concierto de 1983. Escuchándolo recordé uno de los primeros correos electrónicos que leí a mi regreso de las últimas vacaciones. El correo decía, palabras más palabras menos, lo que sigue: “Estimadas y estimados, espero que hayan pasado excelentes vacaciones. Bienvenidos a la realidad”.

Quién lo escribió no importa, en realidad es intrascendente. Y si me lo preguntan, creo que ya no lo recuerdo, pero me temo que otras muchas personas habrán redactado algo semejante a sus múltiples amigos, colegas, empleados, súbditos o superiores.

“Bienvenidos a la realidad”. Y la realidad, supongo, es el trabajo, el trajín cotidiano, las tareas y obligaciones de todos los días. Apenas leído sentí pena por la autora del mensaje. Pensé: qué desgraciada forma de vivir la vida, si dichas palabras pueden aplicarse. Es cierto, la vida tiene demasiados problemas, y hasta Mariana Belén, con sus cuatro añitos y medio, ya lo advierte.

Podríamos decir, por ejemplo, que el mundo va terminar aplastado, entre otras desgracias, por la basura que tiramos a la calle, o achicharrado por el cambio climático. Pero es el mundo que nos hemos merecido, no hay otro, y a pesar de todos los problemas, no deja de ser maravillosa la experiencia de estar vivos y disfrutar, por ejemplo, un par de hijos, un buen libro, una canción, una copa de vino, una noche fresca o tirarse entre nubes de ocio.

Aunque cada uno vive la vida como quiere, y es muy respetable, tengo la certeza de que “vivir” sólo durante las seis o las ocho semanas de vacaciones, o los días de quincena, es una forma tristísima de habitar el planeta, o es lo mismo que habitarlo en estado vegetativo. Pienso con un poquito de pesar –ya lo dije, ya lo dijo Serrat: cada uno es como es- en esas personas desgraciadas que cada lunes lamentan regresar a la realidad, como lo harán el martes, el miércoles, el jueves, y de nuevo el lunes, el martes… como Sísifo y su maldición, la de subir la piedra por la cuesta sin la esperanza de que un día se quede arriba.

Fuente: Periódico El Comentario

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