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Un examen a la evaluación

Envuelta en un halo casi mágico, la evaluación se ha convertido en una palabra y práctica estelares. Todos hablan de evaluación, la invocan y la procuran, porque así, supone el sentido común instalado, la educación será mejor. Los gobiernos e instituciones invierten crecientemente en exámenes, se extienden los rankings y se creó una industria evaluadora, plagada de departamentos que diseñan exámenes, cursos (para hacer pruebas e interpretarlas, de preparación para aprobarlas, para convertirse en evaluadores, para ser evaluados y preparar informes, etc.), expertos que evalúan y organismos que acreditan.

A la creencia mítica en la evaluación hay que someterla a riguroso examen, para conocer posibilidades y límites, aprovecharla y convertirla en medio. A continuación, algunos ítems para examinar la evaluación.

-La evaluación, entendida como exámenes, no es sinónimo de calidad. Es más usual crear un sistema de exámenes, modernizarlo y hacerlo cada día más sofisticado, que trabajar en salones de clases con los maestros para perfeccionar prácticas de enseñanza.

-¿Exámenes como control o como insumo para la reflexión del profesorado y autoridades? En la exigencia de evaluación hay por lo menos dos razones: una, propia de sociedades democráticas, es la responsabilidad de la rendición de cuentas; la otra es la desconfianza derivada de hechos que obligan a no dejar que las escuelas se conviertan en territorio de impunidad e irresponsabilidad, pero también la desconfianza prohijada por la incomprensión de los tiempos naturales del aprendizaje o los cambios educativos. La examinación no es tarea burocrática, debe convertirse en proceso pedagógico para comprender, no solo para premiar y castigar.

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La universidad frente a la crisis social

Los problemas de la sociedad interpelan a las universidades. Que las universidades se sientan aludidas es cosa distinta.

En las décadas reciente, la mayor resonancia de ese imperativo quizá brotó de París en 1989, durante la Conferencia Mundial sobre la Educación Superior. El artículo 6 de la Declaración emitida el 9 de octubre es un mandato inapelable; transcribo casi completos los cuatro incisos que lo componen, por su urgencia en una sociedad convulsionada por los lacerantes problemas de violencia, inseguridad, fragilidad económica e impunidad.

a) La pertinencia de la educación superior debe evaluarse en función de la adecuación entre lo que la sociedad espera de las instituciones y lo que éstas hacen. Ello requiere normas éticas, imparcialidad política, capacidad crítica y, al mismo tiempo, una mejor articulación con los problemas de la sociedad y del mundo del trabajo, fundando las orientaciones a largo plazo en objetivos y necesidades societales, comprendidos el respeto de las culturas y la protección del medio ambiente.

b) La educación superior debe reforzar sus funciones de servicio a la sociedad, y más concretamente sus actividades encaminadas a erradicar la pobreza, la intolerancia, la violencia, el analfabetismo, el hambre, el deterioro del medio ambiente y las enfermedades, principalmente mediante un planteamiento interdisciplinario y transdisciplinario.

c) La educación superior debe aumentar su contribución al desarrollo del conjunto del sistema educativo, sobre todo mejorando la formación del personal docente, la elaboración de planes de estudio e investigación educativa.

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Días claroscuros

La primera semana del año empezó de forma insólita. Cuando el gobierno federal anunció la liberalización del precio de la gasolina estaba convencido que habían estudiado minuciosamente el impacto financiero, social y político. Creo que es un error grave suponer que los gobernantes son ignorantes o improvisados en materia política. Puede uno discrepar de las decisiones o los modos, pero tienen una racionalidad, así sea distinta a la que nos orienta.

Cuando tomaron la decisión al amparo de lo que justifican como un acto responsable, habrán imaginado reacciones sociales, pero me parece que no de la magnitud de lo observado en estos ocho días iniciales, preludio de un año complicado para gobernantes y gobernados.

Varias lecciones pueden aprenderse de estas jornadas de manifestaciones públicas.  La inaceptabilidad absoluta de cualquier forma de violencia, proceda de donde proceda, es una de las prioritarias. No tienen cabida la violencia contra las personas, ni contra edificios privados o espacios públicos. Aquí tenemos uno de los ejemplos conmovedores, cuando los ciudadanos en Camargo, Chihuahua, frente a los policías antimotines en un poderoso gesto simbólico entonaron el himno nacional de rodillas.

También hay una simiente alentadora en más expresiones de civilidad y solidaridad; otra vez la capital de Jalisco puso el ejemplo cuando paró el transporte público y los ciudadanos salieron a ofrecer sus vehículos para trasladar a otros, distintos o francamente desconocidos.

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Bienvenido el 2017

Si 2016 fue un año con tintes oscuros, pródigo en desgracias, plagado de violencia, inseguridad, corrupción, cinismo e impunidad (¡uf, qué jinetes del apocalipsis!), en 2017 se atisban nubarrones amenazantes.

2017 aparece cargado de desesperanzas y pésimas intenciones. Las perspectivas desoladoras cobijan escaso optimismo. Algunos piden, en tono socarrón pero imposible, que no termine 2016, con todo y sus males. Pero la vuelta del calendario no tiene retorno.

Si la vida cada vez cuesta menos, porque cada vez se pierde más fácil, por las estupideces de las guerras o por las enfermedades de la pobreza, es buen momento para revalorarla como nunca. Eso es de lo poquito que todavía tenemos en las manos y en las de nadie más.

Solo por eso, y algunas otras razones, vale la pena encarar el nuevo año con alguna ilusión.

Si enfermarse tiene costos crecientemente altos, y entre las enfermedades crecientes irrumpen las del espíritu, es buen momento para relajarse y tomar menos en serio las dificultades.

Si sonreír no nos carga impuestos, y resulta buen ejercicio para la cara y el alma, sería fantástico dejar los rictus amargos y ensayar cada día otras maneras de reír.
Si es gratis observar el amanecer o el atardecer, la playa, el volcán o la naturaleza toda, como caminar las calles de los pueblos y ciudades, manos a la obra, es decir, pies en marcha.

Si encontrarse con los buenos amigos, para conversar, tomarse una cerveza o un vino, para reírse y ser felices por unas horas, no perdamos tiempo y hagamos la ronda.

Si tener salud es un privilegio, don divino, suerte o regalo, como cada uno decida, cuidémosla al máximo, sin tener miedo de los excesos cuando sea preciso.

Si amar no cuesta, y las oportunidades jamás faltan, no ocupemos el disco duro emocional con estupideces y odios estériles.

Si el presente es lo único que tenemos, lo que hay, y el futuro no depende sino de esto que hoy transcurre, descompliquemos la vida y vivámosla sin topes.

Si esas poquitas y otras razones valen la pena, solo por eso brindemos esta noche y vayamos al mañana con ánimo de no permitir que nos sigan jodiendo la vida quienes ejercen tan inconfesable oficio.

2017 ya está aquí y no queda más que sortearlo. Como en Gladiador, la película: no sabemos qué nos viene, pero juntos nos irá mejor.

Tenía razón Eduardo Galeano: vivamos cada mañana como si fuera la primera, y cada noche como si fuera la última. Así de simple, así de profundo, así de verdadero.

Como repite jubiloso Juan Miguel Batalloso, dilecto amigo y colega: ¡sigamos, siempre sigamos!

El querido maestro Serrat

En la imaginaria película de mi vida la música tiene sitio protagónico. Criado entre dos hermanas, primero de la familia, primero en salir de casa y del pueblo, tuve escasos interlocutores constantes. Aunque nunca me faltaron amigos, la compañera excelsa de los primeros veintitantos años de la vida fue mi madre, pero ella, amiga y más fue, antes que todo, ternura y comprensión.

Allí, en esa relativa orfandad, la música encontró espacio para volverse imprescindible: compañía, energía, solidaridad en el dolor, arrebato frente a injusticias percibidas con alerta indignación juvenil.

La música y poco a poco la lectura y la escritura me volcaron en un mundo del que apenas lograron zafarme las muchachas en flor que por momentos me desquiciaron temporalmente. Cuando todo volvía a la normalidad y bajaba la calentura emocional estaban en casa mi leal madre y la música que acumulaba con los pesos que me sobraban, nunca muchos porque competían con libros que ansiaba leer.

Ni entonces ni hoy fui de gustos extendidos. Aunque no evado experimentos o probar otros sabores, infrecuentemente los incorporo al arsenal más íntimo.

De entonces, de esos distantes pero indispensables años viene mi afición por el cantautor más antiguo en querencias: Joan Manuel Serrat, el niño mimado del Poble Sec, como recita irónico y admirada el genio de Úbeda,  Joaquín Sabina, el otro monstruo español que idolatro.

Mi baraja musical es pobre, se agota en los dedos de ambas manos, pero soy fiel a muerte. Joan Manuel Serrat ocupa un trono que solo podría disputarle el citado Sabina. Y juntos, no podría ser distinto, acaparan el soundtrack vital.

Hoy Juan Manuel, Joan Manuel, el Nano, cumple 73 años. No lo recordaba; he leído suficiente como para no olvidarlo, pero lo extravié. Twitter me lo recordó en sus tendencias, y cuando lo leí, juro, sentí un frío recorrerme ante la idea de que se hubiera ido. Por fortuna para nosotros, para él, nada más cumple 73 y yo, conmovido, solo tengo palabras de alegría y gratitud.

¡Felicidades al maestro Serrat! Y el personalísimo agradecimiento por la compañía entrañable en una larga aventura que va de los años donde abandonaba la niñez, hasta la madurez más gozosa que jamás pude imaginar.

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