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Una mirada infantil a Torres Quintero

El 13 de febrero es una fecha emblemática para la Universidad de Colima. Un día así, en 1985, nació la Facultad de Pedagogía, primera con ese rango en la institución. Para conmemorar el acontecimiento la dirección organizó un programa intenso de actividades que arrancó con la presentación del libro “Juanjo preguntón. ¿Por qué nuestra calle se llama Gregorio Torres Quintero?”, escrito por María de los Ángeles Rodríguez Álvarez, Mara, e ilustrado por Paula Rivas Rodríguez.

Es una obra infantil informativa y literaria, como la definió Juan Carlos, mi hijo, a sus siete años. A dichos atributos, Gloria Vergara, también comentarista en la ocasión, sumó su carácter pedagógico.

El librito (con cariñoso respeto) es producto de un magno volumen de la propia autora, en la que novela la biografía del ilustre colimote que inventó el Método Onomatopéyico, usado durante décadas a lo largo del país para el aprendizaje de la lectoescritura.

Dirigido a niños, como queda dicho arriba, el texto boceta aspectos biográficos de Torres Quintero, del Colima donde vivió y de su obra pedagógica capital. Sus personajes, reales en inspiración, a través de una conversación sencilla y basada en preguntas, deshilan los pasajes que retrata el libro con las creativas ilustraciones de Paula, hija de Mara; el trabajo de ambas le concede un carácter peculiar, personalísimo, que emociona a quienes apreciamos a la autora.

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Trump y la gerentecracia

Las placas tectónicas de la geopolítica mundial se sacuden inusitada y vertiginosamente. Donald Trump es el autor intelectual y material del fenómeno. El caprichoso millonario elegido presidente por la singular democracia de los Estados Unidos, día tras día cosecha en casa y fuera nuevos enemigos o, por lo menos, adversarios que refutan sus delirios. Las decisiones de Trump, tomadas en otros países y presidentes, digamos del centro o sur de América, habrían provocado en las poderosas industrias de opinión andanadas de juicios sumarios sobre su estado mental, cuestionándose el talante democrático de una nación que se atreve a ungir tales esperpentos.

El personaje no es un sujeto anormal. Él es uno, producto de esa ideología retrógrada que poseen millones en su país, inoculados del veneno que se apropió del concepto de “América” para ellos, o que decretó que fuera de sus fronteras, en casi todas partes tienen “intereses”, que es una forma sutil de dictarnos: por tanto, derecho a la injerencia y a meter las narices donde quiera que se les pegue la gana, cuando se les antoje.

Estados Unidos es un país de maravillas y de mentiras. Eduardo Galeano recordó con lucidez juguetona que su ministerio siempre dispuesto a las agresiones, al atropello y las violaciones de los derechos humanos se denomina “de Defensa”. En sus poderosas industrias crearon a todos los súper héroes (infatigables, siguen y siguen) que, cuando se cansaron de salvar al mundo enemil veces, aburridos, se inventaron guerras fratricidas.

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Eliminar la escolta escolar

Esta vez escribo sobre un tema del que sé poco. Tal vez por eso elegí un título que podría provocar algún escandalillo; o se puedan juzgar incomprensibles mis atrevimientos. La propuesta es simple: eliminar las escoltas escolares tal como las conocemos, un exclusivo club de los niños y niñas más aplicados, más altos, mejor portados.

En la más reciente reunión de padres de familia a que asistí se abordó el tema y me llamaron la atención los comentarios. No tenía idea de que ese tipo de decisiones dieran pie a interpretaciones y sentimientos encontrados; que para muchas mamás, la pertenencia de sus hijos a la escolta fuera muy significativa. Lo es, y tanto que hasta exámenes de concurso se realizan para elegir a los integrantes.

Mi razonamiento es diametralmente distinto. Estoy convencido de que un ejercicio cívico no puede o debe convertirse en botín al que solo tienen acceso unos cuantos, gracias a sus méritos que, por otra parte, no se pueden regatear. Pero si sabemos que los rendimientos escolares son producto de condiciones del entorno familiar y social, de los maestros, y que no solo reflejan la capacidad y aplicación del estudiante, entonces, nada pasaría si convirtiéramos la participación en la escolta como oportunidad de la que pueden disfrutar más estudiantes, y no solo seis a lo largo de un año. La cosa es peor cuando los criterios son la estatura uniforme o reglamentarios anacronismos semejantes.

Hay otra razón de peso: a la escuela básica no se va a competir contra otros niños, sino a aprender juntos, a jugar juntos, a socializar, para aprender los indispensables valores del respeto a la identidad y las diversidades. Participar en las escoltas podría convertirse en un ejercicio democrático donde los estudiantes del grupo correspondiente, con reglas hechas por el colectivo, elegirían a sus representantes, y luego, a esos niños los entrenarían durante la semana o dos semanas previas, y ¡listos para los honores a la bandera! Con el uniforme sencillo, sin guantes, adornos ni esas extravagancias anticuadas. Y sin concursos para ver qué grupo hizo la mejor actuación o dispuso la escolta más elegante. Leer más…

El INEE en Colima

La semana anterior la consejera presidenta del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), Sylvia Schmelkes del Valle, inauguró las oficinas en Colima. El hecho se enlazó con la firma de sendos convenios con gobierno del estado y la Universidad de Colima. En ambos, los convenios oficializan acciones de colaboración que ya se realizan. En adelante, los compromisos se refuerzan y amplían perspectivas.

En el discurso de apertura, el coordinador de las direcciones en los 32 estados, José Roberto Cubas, recordó los siete ejes que las justifican:

-Facilitar y coadyuvar en la ejecución de las evaluaciones que realiza el INEE en los estados, lo que permite mayor acercamiento con actores locales.

-Facilitar y coadyuvar en la supervisión de las evaluaciones que regula el INEE en las entidades federativas, lo cual permite una aplicación más eficiente de los lineamientos del Servicio Profesional Docente y las evaluaciones que efectúan los estados.

-Contribuir al fortalecimiento de capacidades locales en materia de evaluación de la educación; una ventana con amplias posibilidades de desarrollo en Colima, si se conjuntan esfuerzos de varias instituciones dedicadas a la materia, como la propia UdeC, la UPN y el ISENCO.

-Impulsar el uso de los resultados de la evaluación para la mejora, que “promoverá el análisis de los resultados de las diferentes evaluaciones para establecer rutas que apunten a la mejora educativa en las escuelas, los programas y las políticas de la entidad”.

-Establecer canales de intercambio de información entre el INEE y las entidades federativas, sobre el estado de la educación y la evaluación.

-Participar en el seguimiento de compromisos establecidos por la autoridad educativa para la implementación de las directrices del INEE, dos en este momento, pero que pronto aumentarán.

-Mantener y mejorar la relación e imagen institucional con los actores de la educación en los estados: “Se pretende dar a conocer la labor que realiza el Instituto, en distintos medios locales, en espacios del ámbito educativo y en la comunidad en general”.

Los resultados de varias evaluaciones ofrecen lecciones insoslayables. Es claro, por ejemplo, que las escuelas ubicadas en condiciones de alta y muy alta marginación, comunidades pequeñas, de menos de 2,500 habitantes, presentan resultados desfavorables. El imperativo que se desprende es inapelable: mejorar la educación no es tarea solo de la escuela, es importante actuar sobre el medio social, sobre las condiciones o variables de la vida social y familiar. En Colima las condiciones de marginación no son extremas, si se comparan con otras entidades, pero también hay retos, y el gobierno que comienza podría encarar el desafío de avanzar en la calidad con equidad.

La evaluación no mejora la educación en sí misma, pero usar sus resultados es una condición que puede favorecer la mejora, si se analizan grupalmente, con sentido crítico, propositivo, responsable y asertivo. En este sentido, la conducción de la educación desde la Secretaría, y en cada escuela desde las direcciones, serán claves para construir un futuro promisorio a partir de movilizar el presente a favor de los niños y los jóvenes, de su educación y de la sociedad.

Colima reúne condiciones favorables también en educación. Es un estado propicio para la innovación educativa, con un clima y estabilidad en el sector en donde se pueden articular solidaridades profesionales y emprender una transformación ejemplar en el país. Ese es el reto.

 

 

Fin de semana con luto

Mi fin de semana estuvo atravesado por noticias fatales. Y aunque no quisiera, rondaron como mosca encerrada en botella.

Unas muertes cercanas y otras ajenas me consternaron. El macabro conteo de ejecuciones en Manzanillo sacude y suma pesar. Cifras de ese tamaño provocan burlonamente a la indiferencia. Nos estamos acostumbrando, peligrosamente, a leer o enterarnos de uno o dos ejecutados a diario en la entidad, y solo cuando la cifra adquiere dimensiones terribles la herida punzante reaviva.

Para ser sincero, las muertes que me sacudieron con dolor fueron de gente conocida, cercana. Cuando supe me entristecí por ellos, por el recuerdo amistoso y la familia de ambos, hombres los dos, en edades opuestas, uno sobre los 20 años, el otro, en la madurez; uno en Villa de Álvarez, otro en Morelia.

Valente se llamaba el chico. Lo conocí hace 15 años, cuando era un chiquillo, a la llegada a mi antigua colonia. Vivía en la esquina y durante un tiempo me ayudaban gustosos, él y otros, a barrer la calle o recoger las hojas de los árboles por unos pesos. Nunca conversé con él más allá de saludos amistosos, pero la relación se mantuvo con el paso del tiempo. Hace unos días me contaron que había fallecido y la circunstancia, pero el enorme moño en la puerta de su casa, el sábado que pasé por allí, me taladró la tranquilidad.

A Vicente Sánchez Domínguez lo conocí a principios de los años 90 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Profesor de matemáticas en el bachillerato de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, cursaba la maestría en enseñanza superior; yo, la maestría en pedagogía, pero coincidíamos en varios seminarios y trabamos una relación estrecha. Solíamos comer juntos una vez por semana al finalizar las clases.

Siendo director de la Facultad de Pedagogía en la Universidad de Colima, lo invité para ser profesor visitante del posgrado. Serio y riguroso en su formación, dejó buenas cuentas entre nosotros. Me separé de la dirección y poco supe de él después. Hace unos meses lo busqué a través de un amigo común; no pudo decirme nada, hasta ahora en que compartió la triste noticia por Facebook.

El aluvión de muertos entristeció el fin de semana. No sé si el paso de los años me vuelve sensible, o es la inevitabilidad de imaginar que un día, en Argentina, España, en Guadalajara o Ciudad de México, un amigo se enterará por Facebook que el autor de este blog colocó su definitivo punto final.

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