Madrugada de fútbol

Por segunda noche perdí el sueño. Así nomás, intempestivamente. Mientras escribo estas líneas, cuando comienza a dibujarse el sol en el horizonte, los ojos me arden y el cansancio dicta volver al sillón a recostarme, pero las manos se ataron al teclado y prefieren continuar la confesión, como para expiar la pena y olvidar noches ingratas.

No tengo explicación para el sueño extraviado. Anoche, como antes, la cena fue frugal, luego agua abundante y un poco de lectura, para caer rendido y no despertar hasta varias horas después. Era el plan. Fracasó. Esta mañana, a las 4, el cuerpo encendió el despertador y me abrió los ojos. Cogí el iPad de la mesa y abrí la biblioteca. Me saltaron los mejores cuentos de fútbol del argentino Roberto Fontanarrosa, el Nego, elegidos y preludiados por otro escritor argentino y cuentista del balompié, Eduardo Sacheri.

Dubitativo, entre volver a la almohada con la mejilla izquierda o zambullirme en las historias del rosarino, fui poco a poquito metiéndome en la piel de las narraciones, con balones que nunca llegan a partidos amateurs, utileros que cuentan historias desde su anonimato, delanteros mitológicos, periodistas deportivos y aficionados, siempre aficionados, dispuestos incluso al secuestro para llevar al súper clásico contra el rival de su ciudad al amuleto humano, ese que va diciendo por el mundo que nunca vio perder a su equipo, pero la prescripción médica ya le impide siquiera escuchar los gritos desde la radio fervorosa de un vecino por la fragilidad del bobo, el corazón.

Así se me desgranaron las horas, dando vuelta a las páginas de los cuentos, a veces con una sonrisa silenciosa o mohín de amargura.

Cuando voy acercándome al punto final el cansancio se acumula, como llegar al minuto 90 con fuerzas agotadas, ansiando el pitazo postrero. A lo lejos escucho apenas el ruido que va y viene de las olas del mar. Pienso en esas aguas y en la imagen amada. Cierro los ojos y digo adiós a la página para perseguir el sueño perdido.

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