La salud mental del mundo

El título de la página tal vez sea desatinado. Lo admito. No encontré algo apropiado. En todo caso, estoy tan perdido como desorientado el mundo.

No podríamos asegurar que el mundo fue paraíso alguna vez: que las relaciones humanas eran puro amor, y las guerras, accidentes pasajeros o efímeros; que la concordia es la capa que cubre a los países. Nada por el estilo parece haber en la historia, desde Caín, Abel y el fratricidio.

Cuando estamos más avanzados en ciencias y tecnologías (o tal vez por eso), cuando más sabemos, producimos e inventamos, el mundo no se mueve por amistad y fraternidad. La medianamente aceptada idea de que hay lugar y comida para todos en el planeta, si no apuramos demasiado el contador demográfico, es incongruente en los hechos.

Sobra una lista exhaustiva para constatarlo en los días recientes. El domingo vimos una expresión de barbarie en Cataluña, cuando unos señores de la policía, ordenados por sus jefes, apalearon con salvajismo a otras personas que querían votar porque ya no quieren ser parte de ese país. Las elecciones eran inconstitucionales, declaró el gobierno español, y la forma de convencerles, a falta de argumentos y acuerdos de las partes, fue a garrotazos y patadas. Inaudito es el término blando que quiero usar para un hecho funesto, inaceptable, vergonzoso, como cuando al Quijote lo apaleaban tachado de loquito, de diferente.

Pocas horas después, el multihomicidio de Las Vegas es un golpe al corazón de la ideología que pregona su impresentable presidente. Uno como él, como ellos, otro igual, del mismo color, idioma y origen disparó sin piedad a una multitud de otros de la misma condición, como si de matar cucharas se tratara. Y en Marsella, Francia de nuevo, lo pasaron amargo.

La salud mental del mundo, es decir, de quienes lo habitamos, no parece mostrar síntomas de buena condición. Nunca fue perfecto, hoy, cuando podría, se aleja con las compañías jubilosas del odio, la muerte, la violencia y el desprecio a los otros.

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