La mascota perfecta

De alguna fiesta infantil regresó Juan Carlos a casa con un pequeño pez blaugrana. Después de algunas dudas y consultas, encontró el sitio para instalarlo en su pecera redonda, con fondo de piedras rosas y algunas ramitas plásticas verdes. Desde entonces, el paisaje multicolor alegra la cocina con esos tonos.

Nunca fui afecto a las mascotas: darles de comer, limpiar sus espacios, recoger sus cacas, bañarlos, sacarlos a pasear son actividades que admiro en quienes lo hacen, pero juego en otro equipo.

El pececito, en pocas semanas, creció y se acostumbró a la casa; supongo. Se me volvió una compañía casi entrañable; esta mañana me di cuenta cuando me sorprendí, con un poco de vergüenza, saludándolo cariñosamente, con palabras como si hablara con otra persona. Callado, miré a los lados y volví a preparar el primer café del día.

Como todas las mañanas, soy el primer ser humano (o lo que quiera que represente para el habitante acuático de casa) que saluda. Apenas me ve acercarse con la taza y el agua caliente, se pega a la pared de su pequeña pecera y me ronda en gestos que advierto afectuosos. Le coloco el dedo en el vidrio y ya no se inmuta. Me sigue con movimientos lentos y sinuosos, me mira, o eso creo… o es que ya está domado mi espíritu anti mascotas. Le doy su comida y solo entonces me deja libre, empeñado en pescar las bolas minúsculas de alimento.

Ahora que confirmo la complicidad, amistad, o lo que sea que exista entre nosotros, me da por pensar que, sin buscarla, encontré la mascota perfecta: no tengo que limpiarme sus pelos del pantalón, no tengo que lavar su baba de mis manos, ni sentir sus patas mientras leo o escribo, ni gritarle que se calle por favor; no debo sacarla a la calle, ni aparearla con nadie, ni… Es la mascota perfecta, y me dispongo a negociarla con Juan Carlos, por unos pesos o el pago de sus palomitas dobles en la próxima visita al cine.

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