El privilegio de la estupidez

Los seres humanos tenemos un triste privilegio: siendo tan inteligentes, con frecuencia manifestamos comportamientos estúpidos. Así, más o menos, lo afirma tajante José Antonio Marina.

El año que comienza apenas agotó una veintena de días y su inicio contradice el deseo de que sea mejor que el finalizado.

No quiero ser pesimista ni agorero de desgracias, y faltan muchos meses para juicios y balances, pero extraño sabiduría (inteligencia puesta en acción para vivir una vida digna) en actos personales y gubernamentales.

El comienzo de 2018 sigue en la estela que nos movemos tiempo atrás. Entre nosotros, para no ir lejos, aumentos de precios en productos básicos, aunque se les disfrace con eufemismos técnicos; insensibilidad en gobernantes; muertes y violencia cotidianas, y una economía que puede prosperar en sus grandes indicadores, pero que está lejos, muy lejos de las condiciones familiares, de la mesa y el bienestar.
Al año nuevo le depara un reto mayor: la elección del presidente de la república, una circunstancia que abre la puerta a desgracias mayores, a juzgar por lo que vislumbran las precampañas.

Yo no espero nada de los años, ni les achaco culpas. Somos los ciudadanos, unos más, otros menos, responsables de lo que sucede a escala social o individual. No todo está en las manos de cada uno, pero ese margen es el que vamos a poner a prueba en los próximos meses. Veremos si algo aprendimos o estamos aprendiendo.

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