El bueno, el malo y el feo

El sábado, mientras trabajaba, Juan Carlitos me llamó por teléfono para contarme que quería ver la película “El bueno, el malo y el feo”. Me sorprendió un poquito, pero ya estoy medio acostumbrado a sus gustos a veces no muy usuales (creo) en niños de 7 años. Está bien, le contesté, pero tendrás que esperarme a que regrese a casa, pues la jornada será larga; la veremos, lo prometo.

Estaba seguro que algún día, años atrás, había comprado una trilogía con lo mejor del Western y allí estaba la película deseada.

Por la noche, de vuelta a casa, mi hijo me esperaba con los brazos abiertos y una enorme sonrisa. Estoy listo, me dijo, o algo así. Bueno, vamos a buscar la película. Unos minutos y la encontré todavía en su caja cerrada, junto a “Los siete magníficos” y “Butch Cassidy y Sundance Kid”.

La abrimos y comenzamos la función cuando el reloj rondaba las 10 de la noche. El cansancio me hizo dudar de ver el final.
Con las primeras imágenes y la inolvidable banda sonora de la película, Juan Carlos acompañó con silbidos. ¿Y eso, cómo conoces la música? Le pregunté ahora sí sorprendido. Entonces me desveló parte del interés por verla. Encontró en internet una nota sobre las 50 mejores películas; por alguna razón le atrajo y escuchó. Así nació su interés.

Solo los primeros 5 minutos vacilé de su decisión. Desesperado preguntó ante las pausadas escenas: ¿y cuándo empieza la acción?

Mi agotamiento y la duda se impusieron. Debimos suspenderla cerca de la medianoche. Ya no puedo más, la veremos mañana, le dije, sin admitir réplica. La hermana se había dormido en el sillón. ¿Y, qué te parece la película? Indagué, mientras recogía los restos. Buenísima, dijo sin chistar.

El sábado no terminamos, pero hoy, seguro, no me perdonará el desenlace; yo, feliz, me dejaré convencer.

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