Buenos y malos tiempos

No corren buenos tiempos para la política. Para la política decente, debo completar, parafraseando al colombiano Sergio Fajardo, candidato a la presidencia de su país.

¿Alguna vez fue distinto? Me resisto a bajar los brazos resignado. No corren buenos tiempos para el ciudadano responsable, comprometido con su condición, de tener derechos y asumir obligaciones, dispuesto a seguir siendo parte del colectivo, de la polis, a condición de encontrar niveles elementales de honorabilidad en el ejercicio político de sus representantes.

Corren buenos tiempos, también pienso, para hacer de la política un pretexto oportuno para el aprendizaje en la escuela, en especial, en las tareas relacionadas con la formación ciudadana, los valores democráticos de niños y adolescentes, en los universitarios, es decir, con el compromiso social de la escuela, sin el cual, ella no es.

El coctel que hoy abunda en la prensa escrita o digital, en televisión, redes sociales o radio, invitan a que la realidad se vuelva el tema de las clases, no un tema abstracto, un problema ficticio, intrascendente a ojos estudiantiles, sino un tema real, vivo, del que probablemente se hable o discuta en casa, en la cena o la comida; trozos de la realidad que debiera importar a todos, aunque sea un poco.

Por supuesto, el maestro debe observar todos los cuidados precisos, como estar informado por lo menos medianamente, no confundirse con el proselitismo partidario, ni pretender “dictar clases” de democracia, que no se enseña con lecciones magistrales sino con ejemplos concretos.

Es mal momento para la política, atiborrada de corrupción, impunidad, cinismo… pero buen momento para el aprendizaje, para darle vuelta a la historia de indiferencia y comprometerse con su tiempo y circunstancia.

La escuela es un proyecto ético y un espacio para la formación ciudadana. Los alumnos se van a educar siempre, estén o no en la escuela, nos recuerda Fernando Savater. La pregunta es acuciante: ¿quién los están educando, o quiénes los educarán?

 

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