2 de octubre

Cuando habían pasado 20 años del Movimiento estudiantil de 1968 cursaba el último semestre de la carrera universitaria. Pocos meses antes, con un par de compañeros excepcionales, Arturo León Castrejón y Josué Reyes Rosas, ideamos una revista en la naciente Facultad de Pedagogía. Con emoción comenzamos los preparativos, que incluían la elección del nombre, convencer a los futuros colaboradores, a la directora y conseguir medios materiales. Todo confabuló en nuestro favor, o por lo menos así recuerdo. “Praxis educativa” fue el título; la directora, Sara Lourdes Cruz Iturribarría, extraordinaria persona, no solo aprobó, apoyó generosamente. Los colaboradores se sumaron entusiastas y con un equipo reducido pero comprometido editamos los dos números iniciales. Para el primero, orgullosos, organizamos una presentación oficial y todo fue aplausos y regocijo. Seguimos adelante unos meses, pero la inminente partida precipitó el deceso de “Praxis”, a quien don Arturo Martínez, intendente en la Facultad e impresor en la revista, cambió de nombre por “Tragedia educativa”, con irónica buena leche.

En el número 2, dedicado al Movimiento, escribí el primer artículo (sic) que publiqué en mi vida. “Memorándum. A veinte años”, se llamó. Entonces tenía los ojos quemados de impotencia y rabia luego de leer todo lo que encontré. Aquel textito, que no releo ahora para no apenarme, era sincero y crítico. Varios años pasé dedicado al tema, enfrascado en tomar notas, preparar fichas, participar en alguna mesa pública, hasta que me agoté; el escepticismo y la dureza de los tiempos posteriores me fueron rebanando aquel optimismo un poco desmesurado.

Una mini interrogante se me clavó en algún momento, y no tuve respuesta: 2 de octubre no se olvida, ¿y luego? Enterré mis archivos en algún cajón y los libros sobre la historia infausta se empolvaron. Mirar al pasado es necesario, a condición de que no nos convierta en estatuas de sal.

El país cambió en estas décadas, para bien y para mal. Somos más solidarios en algunos momentos, ¡qué duda cabe después de los temblores!; pero no dejamos de ser cínicos, ni de estar dominados por la corrupción y la impunidad, por la mentira y la delincuencia oficial. Si entonces gobernaba una pandilla de pillos, hoy la lista de gobernantes acusados de múltiples delitos no es menor. Vivimos tiempos de transparencia discursiva, burocracia incluida, que confirman que seguimos teniendo gobiernos oscuros.

Cambiamos, sin duda, pero seguimos teniendo hambre, pobreza e inequidades monstruosas. Seguimos con ciudadanos de primera, de segunda y millones de excluidos de casi todo.

Ojalá el 2 de octubre se olvidará como culto a la resignación, la ira o el dolor y avanzáramos hacia a un país renacido, más democrático en serio, más justo en la realidad y menos cínico, con ciudadanos sin categorías. Ojalá.

 

 

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