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PREGUNTAS INFANTILES EN PLAZA DE MAYO

Madres de Plaza de MayoPlaza de Mayo. Jueves de enero. El calor retornó con brío a Buenos Aires después de una tregua. Las sombras a los pies de los arboles ya tienen ocupantes. Poco a poco se acerca la gente y en algunos puntos se acentúa la movilización. Mariana Belén pregunta: ¿a qué vinimos? Recuerda que apenas el domingo estuvimos en Casa Rosada, a pocos metros. La respuesta puntual de la mamá la intriga: ¿entonces, nosotros por qué estamos aquí, si no perdimos a nadie? Me toca el turno de responder. Porque no queremos que a nadie más le pase esto, ni en Argentina ni en México. Para que ninguna madre pierda a su hijo, o una hija a su padre porque piensan distinto o defienden las libertades. Traté de ser todo lo didáctico que pude. No sé si lo conseguí. Mariana paseó la vista y calló.

En Argentina las diferencias suelen ser radicales. Se está con o en contra de alguien o algo. Algunas veces lo escuché: River Plate o Boca Juniors, con Cristina (la presidenta) o contra Cristina, con Clarín (un inmenso monopolio mediático) o contra Clarín, Lanata o Víctor Hugo (dos periodistas que marcan pauta)… y entre las madres de la Plaza de Mayo también hay discrepancias. La Línea Fundadora, hoy, con sus acompañantes, una decena al inicio. El otro, una asociación más grande, más popular.

A la hora marcada, 15:30, con metros de distancia entre ambos grupos, arrancan su lenta caminata en círculos alrededor de la pirámide de la Plaza, como desde su origen, a finales de los años setenta. Caminan ya sin la vitalidad que les robó la edad y la pena. El espectáculo es conmovedor. Los turistas y paseantes, muchos extranjeros, toman fotos y aplauden, se suman a los cánticos de las madres. No sé qué pueden estar pensando Mariana y Juan Carlos. Observan atentos. Habitualmente parlanchines, esta vez optan por el silencio. Ella pregunta a Laura si le puede comprar un pin del puesto a pocos metros, con el pañuelo que simboliza a las Madres. Las mujeres del grupo mayoritario leen un breve mensaje, cantan, aplauden todos y termina el acto. El sol sigue inclemente. Reanudamos nuestro camino en silencio. Juan Carlos y Mariana se llevan felices su recuerdo y las preguntas inquietas. 

HOMBRE QUE PERSIGUE CIGARROS UN DOMINGO POR LA MAÑANA

Buenos Aires. Calle Cerviño. Al salir del cajero automático lo vi en la acera de enfrente. De perfil y a doce metros no aprecié sus rasgos. Domingo por la mañana, viento fresco, pocos transeúntes y menos autos. Caminé unos pasos y paré en la esquina. Crucé a la acera donde aguardaba el verde en el semáforo el hombre del suéter gris con mangas más largas que sus brazos. Como su pantalón, arremangado a los tobillos, para no arrastrarlo. O por gusto. Caminamos casi al lado. Nuestro cercano destino, sin saberlo, el mismo: Carrefour express. Nos detuvimos y miramos el letrero con los horarios. Domingo: 11 a 20 horas. Cerrado. Me miró y preguntó dónde encontraría un kiosco. Entonces pude ver su expresión facial. Parecía afectado por el desvelo, o una amargura pegada a los huesos de la cara. El pelo revuelto, cano ya, le acentuaba el rictus entre dolor y angustia. En la esquina, gire a la derecha, encontrará dos o tres en la siguiente cuadra. Me agradeció y aceleró el paso. No sé por qué, le pregunté: qué busca. Lo detuve. Cigarrillos. En la esquina hay un supermercado, le dije. Al mirar ambos ya se veía el anuncio, a veinte metros. Era también mi destino, aunque con objetivo distinto. ¿Venderán cigarrillos? Me preguntó. Supongo que sí, respondí. Ojalá. Entró primero y se dirigió a la chica de la caja. Tenés cigarrillos, escuché. La negativa habrá caído como un mazazo en el dedo de un pie. ¿Dónde venderán? Le preguntó a la cajera. El único lugar que conozco está cerrado, tuvo por desalentadora respuesta. Ya en los refrigeradores buscando manteca (nuestra mantequilla) perdí el diálogo. Salí con lo que buscaba rumbo al departamento. Atravesé Cerviño y a pocos metros apareció de nuevo el hombre del suéter gris. Su rostro había cambiado. La angustia tornó en un rostro tranquilo. Miré sus manos y allí estaba, apenas visible, el minúsculo punto rojo de su cigarrillo encendido y un hilito de humo que penetraba de nuevo en su cuerpo, insuflándole vida y un poquito de alegría ese domingo por la mañana.

Buenos Aires

BALANCES FINALES: FELIZ 2013

No sería necesario que se agotaran las hojas del calendario para contar nuestros hechos, evaluarlos y autocriticarnos, pero cuando el año termina es ocasión obligada para juzgar el pasado y mirar hacia el futuro con expectativas más promisorias.

Dos tercios de este 2013 los pasé en Argentina, entre Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires. Muchos son los aprendizajes, unos esperados por previstos y buscados, muchos otros, inesperados y gratos; algunos, intuyo, apenas vislumbrados. No están ausentes tampoco los momentos complicados, las decisiones difíciles, pero de todo eso se puede aprender, es decir, se aprende sin quererlo.

Estar lejos de casa, de las habituales comodidades, de los horarios rígidos y rutinas pactadas es una conmoción personal y profesional que obliga a poner en práctica, consciente o inconscientemente, el aprendizaje, el reaprendizaje y el desaprendizaje, para mirar otros ángulos, refrescarse y dejar atrás lastres. 2013 fue un punto y aparte.

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¡HASTA SIEMPRE, ARTURO!

Fuimos vecinos de barrio, pero las edades nos separaban como para ser amigos. Yo casi niño; él ya un joven estudiante, desde entonces, barba tupida, mirada tranquila y actitud reposada. No tuve el placer de conversar con él jamás. Una palabra nunca cruzamos y lo lamento hoy. Apenas hace 24 horas le propuse encontrarnos en nuestra tierra natal, para conversar de sus historias fantásticas de Quesería, esas que él recogía y que yo, algunas, escuché en mi infancia. Anoche imaginaba ese encuentro entre dos que se habían cruzado muchos años después en redes sociales, habiendo vivido a metros de distancia. Pensaba que sería allí cerca de donde ambos vivíamos, en la Loma, mirando los cañaverales allá abajo, con un café caliente en las manos, los volcanes a las espaldas, y pasando una tarde grata. Escucharlo, era lo que desearía. Aprender de su paciente oficio de recolector de afectos e historias. Descubrir en su mirada tranquila el pozo de su sabiduría. De paso, regresar al tiempo ido al lado de mis hermanas, de mi madre también ausente ya. 

No fue posible el encuentro, no será jamás.

La noticia de su partida me rompió en pedazos esta noche caliente en Córdoba. A miles de kilómetros de distancia no pude soportar el ramalazo que las palabras leídas por mis ojos le dictaron al corazón. Un vuelco me trajo a nuestro último intercambio por Facebook, ayer. Como habrán hecho muchos, entré a su muro, para encontrar sus imágenes, textos  nuevos, pero no están más. Sólo encontré las muestras de dolor y cariño de mucha gente que lo conocía y lo tuvo cerca. La noticia era cierta y dolorosamente cruda.

Generoso siempre, amable siempre, correcto siempre en sus mensajes. Así fueron sus últimas palabras que no me atrevo a mirar más. Arturo Cuevas deja una pena en su familia, un dolor que no se reparará jamás. Lo que ahora digamos sirve poco para el alivio, pero el tiempo hará que su ejemplo convierta en una sonrisa, aunque sea tímida, lo que hoy es llanto y dolor. ¡Que así sea!

¡Hasta siempre, Arturo!

LA OTRA CÓRDOBA

Después de pasar cinco horas en el ómnibus de Santa Fe a Córdoba, durmiendo a medias, llegué esta mañana a otra ciudad, distinta a la que había dejado 24 horas atrás. Ya estaba advertido que había problemas en la ciudad por un paro policial, pero no tuve oportunidad de leer noticias o mirar la televisión en la terminal santafesina. La realidad me desbordó pronto. En la estación de taxis había unas 30 personas en la fila, y con vehículos que apenas se asomaban podría estar horas en pie. Regresé para comprar el diario cordobés “La Voz del interior”. Se fue aclarando el panorama. Lo mejor sería estar en casa. Salí a caminar las quince o veinte calles que me separan del departamento en el barrio Nueva Córdoba. En la vía pública el choque fue brutal, inusitado. En la esquina un par de barricadas impedían el paso de los autos por bulevar Illia. Una decena de jóvenes con aspecto inofensivo conversaban serios y tomaban mate. Chicos y mujeres jóvenes entre ellos. Respondían preguntas de algunos automovilistas que se desviaban sin gritos ni manos levantadas. Me detuve en la esquina, a unos quince metros, midiendo el terreno. El paso por una de sus barreras hecha con contenedores de basura era obligado. Aguardé unos minutos y me sumé a un grupo de viajeros que también peregrinaban ante la inexistencia de transporte público. Caminé junto a ellos sin que los jóvenes de las barricadas nos miraran. No suelo andar estas calles a las 6 de la mañana, así que no puedo decir si la enorme avenida estaba más o menos sola que un día normal. Era notoria la ausencia de autos. En el carril de enfrente el paso vehicular era intermitente y escaso. Enfilé por bulevar Illia rumbo al cruce de la calle Independencia, donde el mismo bulevar se llama San Juan. A lo lejos observé contenedores de basura atravesados en las calles, montones de basura, en algunas esquinas todavía incendios pequeños y humo. Negocios cerrados, algunos con rejas, grupos pequeños de hombres conversando en algunos puntos me acompañaron en esos minutos interminables. Al encontrar la calle Independencia enfilé rumbo a la esquina con Derqui, mi destino. Al dar vuelta, a mitad de la primera cuadra, topé con un grupo de hombres rodeados con bolsas negras. Sin inmutarme, en apariencia, crucé a la acera de enfrente y pasé sin problemas. En las calles, piedras y bolsas de escombro desparramadas. Luego supe: Nueva Córdoba, un barrio de edificios de departamentos, bares y restaurantes, de incesante vida nocturna, fue uno de los focos del vandalismo que azotó a la ciudad mientras los miles de policías se acuartelaban para presionar al gobernador y obtener aumento salarial. Las horas de la noche y la mañana fueron una muestra de lo peor de esta Córdoba: el pillaje, la delincuencia organizada, el vandalismo que asaltó decenas de negocios y quemó varios, la irracionalidad colectiva. Hubo disparos y enfrentamientos entre los motociclistas criminales y los ciudadanos que se atrincheraron para defender sus pertenencias, que colocaron barricadas para tratar de impedir el paso delincuencial por sus calles. La ciudad está paralizada. Se suspendieron todas las actividades y el miedo campea. A esta hora, mediodía del miércoles, se cuentan unos 50 internados en hospitales. El recuento de daños es imposible en este momento. Los canales nacionales y los locales están pendientes de los hechos y repiten las imágenes de videos caseros que muestra aspectos de lo sucedido. El gobernador anuncia el acuerdo con la policía y recibe aplausos por su discurso encendido contra el gobierno nacional. Amenaza a los delincuentes. Los reporteros de la televisión transmiten desde el cuartel las reacciones jubilosas de los policías y sus esposas que los acompañaron en la lucha. Los policías se aprestan a tomar las calles, dicen. Alguno llorando pide perdón por la noche terrible que pasaron los cordobeses. Pero las revueltas no pararon todavía. La televisión da cuenta de enfrentamientos entre ciudadanos y policías en algunos puntos, a plena luz del día. Aquí mismo, siete pisos abajo, pasa veloz una patrulla y se escuchan disparos, gritos, insultos. De los edificios de enfrente y del nuestro asoman todos los vecinos que nunca vimos antes. La tarde calurosa será larga, tensa. La noche se acerca sin que abandonemos los temores por lo que podría venir. Juan, uno de los guardias del edificio me pide no salir más este día. Resta aguardar con esperanza la vuelta a la normalidad, a la otra Córdoba. 

Córdoba

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