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Trabajo adolescente y escuela en América Latina

El Sistema de Información y Tendencias Educativas en América Latina (SITEAL) es una plataforma de estadísticas, documentos, informes, debates y publicaciones para el «seguimiento de la situación educativa de niños, adolescentes, jóvenes y adultos en la región latinoamericana», en la búsqueda de asegurar el derecho a la educación.

Inspirado en ese ideal, en agosto de 2016 publicó un cuaderno sobre la situación de adolescentes trabajadores y los obstáculos para ingresar y permanecer en la escuela: “El trabajo de mercado como obstáculo a la escolarización de los adolescentes” (http://www.siteal.iipe.unesco.org). Sus autoras, Vanessa D’Alessandre, Yamila Sánchez y Ximena Hernández, trazan una cartografía de las dificultades para cumplir convenciones internacionales y leyes locales. Además, revisan algunos planes nacionales para la erradicación del trabajo infantil, elaborados entre 2000 y 2015, lo cual permite contrastar datos e intenciones gubernamentales.

Es verdad que en las décadas recientes los progresos en el acceso a la escuela son inocultables; prácticamente todos los niños de entre 6 y 11 años están en ella, ocho de cada diez de entre 15 y 17 años están escolarizados, y las leyes nacionales se extendieron hacia abajo y adelante; México y Ecuador son los más avanzados, al ofrecer educación a partir de los 3 y hasta los 17 años.

La expansión es innegable, pero también los problemas, en un mapa de desigualdades sociales que se reproducen cruelmente en el territorio de la institución escolar: niños y adolescentes que cumplen un doble papel, como estudiantes y trabajadores en la familia o fuera de ella, asalariados o no; niños y adolescentes que abandonan la escuela o nunca pisaron las aulas.

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Explorando zonas inéditas: el ingreso a la universidad

I. En el sistema educativo mexicano nos hemos acostumbrado a un extraño fenómeno que parece normal: que no todos los niños puedan ingresar a la escuela, que se rezaguen, que los que ingresan no terminen en tiempo y satisfactoriamente, que los afortunados que logran la meta final, con frecuencia lo hagan con déficit en la calidad de sus aprendizajes.

Pero este fenómeno, llamado trayectorias estudiantiles, abandono, rezago, deserción, no es normal, inevitable, mucho menos sano. Que no todos los niños y jóvenes vayan a la escuela que les corresponde, que no terminen todos y que muchos abandonen, es un problema severo que impide el derecho humano y constitucional a la educación.

El desafío es especialmente dramático entre las poblaciones marginales. Mujer indígena pobre es el último eslabón de la cadena de desgracias. De distintas maneras pero también preocupantes se experimenta (y sufre) el problema en educación media superior y superior.

Los datos del estudio coordinado por Mireya Abarca y Rubén González constituyen una ineludible llamada a profundizar en la comprensión y promover estrategias de mejora frente al abandono de la escuela y la incorporación de los estudiantes a la universidad.

Según lo reportado, una cuarta parte de los estudiantes de la muestra trabajan, lo que obliga a preguntarnos si el currículum y la práctica docente observan esa realidad. Pues ese grupo constituye, a decir de los autores: “una población particularmente vulnerable, que requiere –si se quiere evitar el abandono- que la institución realice acciones que permitan brindar una atención y seguimiento particular.” Pero ese nada más es un hallazgo de otros que revela la investigación.

El libro termina con una invitación perentoria: elaborar un plan de transición e integración al ambiente universitario para que los estudiantes desarrollen un recorrido escolar pleno. La agenda que proponen insinúa lo que el trabajo colegiado y en cada una de las escuelas debemos hacer.

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¡Hasta siempre, maestro Tedesco!

Lunes 8 de mayo. 16:14 horas. Una pausa en el trajín de la jornada. El calor de la temporada doblega un cuerpo nacido en el norte fresco del Estado de Colima, cuyo espíritu se niega a la resignación del trópico. Abro mi cuenta de Twitter y Pablo Gentili sacude la modorra: “Falleció Juan Carlos Tedesco. Fue un gran intelectual, un inmenso luchador por la escuela pública. Lo extrañaremos muchísimo.”

La noticia me sacude. No hay posibilidad de error. Ni caso tiene frotarse los ojos. La realidad es así, directa, brutal a veces. En Facebook, Sebastián, hijo del maestro, confirma y notifica el domicilio de los servicios funerarios en Buenos Aires.

Varios recuerdos rompen fibras sensibles. Se me agolpan y decido vaciar un poco en estas líneas.

Tedesco, como le llamábamos, fue lectura de mis años de estudiante universitario. Abrevé en su pensamiento consuetudinariamente y le admiré como hombre político e intelectual.

De sus méritos y obra no escribiré. Para los estudiantes y estudiosos de temas educativos no precisa carta de presentación. Basta con decir que apenas el 4 de mayo el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, CLACSO, lo homenajeaba con el Premio Latinoamericano y Caribeño de Ciencias Sociales: “por su contribución a la construcción de un pensamiento pedagógico innovador y crítico, por su permanente defensa de la educación pública y por su lucha incansable para la construcción de una América Latina justa, democrática e igualitaria”.

Un amigo común, Juan Carlos Geneyro, me había prometido una cena juntos en Buenos Aires. Quería entrevistarlo para un libro que sigo soñando. No pudo ser, no será jamás. Luego, ya en tierras conosureñas, viajé de Córdoba a Santa Fe solo para encontrarlo en la Universidad Nacional del Litoral, que yo había dejado semanas atrás. Fueron dos noches consecutivas durmiendo en cómodos buses para escucharlo, mientras mi familia, ajeno totalmente, vivía una noche aciaga en la Córdoba víctima de policías y ladrones, en diciembre de 2013.

En 2014 me invitaron del periódico español Escuela a formar parte de su equipo de colaboradores. La explicación me la dio el entonces editor, Pablo Gutiérrez. El ex ministro de Educación con Cristina Fernández había pedido una pausa y me ofrecían ese espacio, para contar con una opinión desde América Latina. La sorpresa y pudor siguen a flor de piel.

Lo reencontré a finales de 2015, en Chihuahua, a propósito del Congreso Nacional de Investigación Educativa, y tomé apuntes selectivos de sus profundas pero claras ideas. No me acerqué siquiera a saludarlo, pues la fila era enorme.

Como Pablo, como muchos, también lo extrañaré. ¡Hasta siempre, maestro!

La educación privada como tribuna pública

En las semanas recientes tuve oportunidad de asistir a dos actividades académicas en sendas instituciones de educación superior privada. La primera, un coloquio sobre la Reforma Educativa, organizado por el Instituto Ateneo de Colima, en Villa de Álvarez, con asistencia de alumnos y maestros del plantel. La segunda, el sábado anterior en el Teatro de la Universidad de Colima, durante el congreso anual multidisciplinario de la Universidad Multitécnica Profesional, con ponentes invitados para disertar sobre varios temas, preponderantemente el educativo.

No son los únicos, pero basten como ejemplo para ilustrar mi congratulación. En verdad es sano y bienvenido en el panorama académico estatal esta irrupción de las instituciones particulares en la vida académica, cultural y social, más allá de los confines de sus espacios y horarios escolares. Además de conformar una opción formativa extracurricular para sus estudiantes de licenciatura y posgrado, se insertan en un necesario camino en donde el debate educativo requiere espacios plurales, abiertos a distintas perspectivas.

Acostumbrados a una enseñanza privada de regular a pobre en su calidad, circunscrita a ofrecer opciones que atienden la creciente demanda, algunas instituciones en Colima han encontrado un nicho que pueden potenciar con relativa facilidad: constituirse en interesantes plataformas para la libre discusión de ideas.

La enseñanza superior de los particulares, no debe perderse de vista, cumple una función pública, pues su reconocimiento por parte del Estado para ofrecer estudios le impone un compromiso social. Participar en el debate de asuntos colectivos es una forma adecuada de cumplirlo, especialmente en un contexto urgido de información, rigor y consistencia a la hora de los juicios en asuntos torales.

Ojalá esas instituciones, y otras, como la Universidad de Colima, se sumen al esfuerzo que habrá de emprenderse en los próximos meses en el país y el estado, para la difusión y análisis del modelo educativo anunciado por el gobierno federal.

Estoy convencido que los retos de la educación también son problemas en las ideas sobre la educación y, por tanto, debemos optimizar la alfabetización pedagógica no solo entre los actores del proceso educativo, también, y de forma pertinente, las familias y en profesiones como el periodismo y la política.

 

 

No todas las maestras son ignorantes

Escribo estas líneas apenas observar un video de solo dos minutos y 20 segundos en el cual la reportera, sarcástica sin piedad, exhibe las inadmisibles ignorancias de un grupo de maestras a las cuales entrevista con preguntas que cualquier ciudadano medianamente instruido tendría que conocer: la capital de los Estados de México o Chiapas, el nombre del primer presidente mexicano, una división matemática o el pretérito del verbo amar. Las respuestas fueron, en todos los casos, desacertadas, algunas grotescamente.

El video, de Imagen Televisión, es un buen producto de ese estilo tan habitual para escandalizar y mofarse, aunque sea fugazmente: sin contextos, sin análisis, sin contrapesos, sin respeto a las personas, exhibiendo a las maestras frente a sus alumnos.

Lo que esconde la nota evita la comprensión: ¿cuántas maestras fueron entrevistadas en total? ¿Las tres o cuatro que aparecen, o diez, veinte? ¿Ninguna respondió correctamente alguna pregunta? La conclusión es peligrosa y falsamente simpática: “todas las maestras son ignorantes y no saben ni lo que deben enseñar”; “las maestras son un costal de ignorancia”; “en estas manos se deposita la instrucción de los niños mexicanos”, y perlas de racionalidad semejante.

El desconocimiento de dichas maestras es elemental, y lamentable, tanto como el estilo periodístico, la rudeza de las formas, el descrédito sin piedad, la preeminencia del chisme, la visión miope. Lo que este estilo busca no es acercar elementos para la comprensión, menos la verdad (si existe), solo una nota de impacto, titular de escándalo, un poco de gasolina a la cretina hoguera de la incomprensión.

Es claro: con maestros iletrados, sin una base cultural mínima, el esfuerzo para que la educación sea un proceso de salvación de la barbarie social está prácticamente cancelado, pero no son las maestras las culpables. La responsabilidad es compartida y muchos los interpelados: las instituciones formadoras de maestros, las políticas de contratación que alimentaron las aulas de educación básica, las componendas, las prácticas oscuras y corruptas, las decisiones que se tomaron lejos del interés pedagógico y un largo etcétera que, reitero, no pretende disculpar lo imperdonable.

Admitamos que a la prensa le corresponder encender la luz para apreciar las zonas feas o sucias, o que en su decálogo no tiene como prioridad informar verdades sino noticias; sin embargo, un rincón no es suficiente para descalificar una profesión donde no sobran zafiedad e indiferencia, pero abundan docentes brillantes, comprometidos y generosos.

 

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