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A las 7:32

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Sin voluntad nunca hay tiempo. Sin determinación los pretextos son infinitos, o uno solo, repetido automáticamente. Sin la convicción precisa cualquier viento de duda derriba toda iniciativa. Con sonrisa embozada, eso pienso cuando escucho a alguien contarme que no lee o no hace ejercicio porque le falta espacio en la agenda. Es probable, por supuesto, que haya quien tenga severas dificultades para sincronizar el reloj con las prioridades esenciales. Cronos versus kairós: la tiranía del reloj contra el tiempo vital.

 

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Cada mañana, a las 7:32, veo a un hombre doblar la calle, bajar de su motocicleta del trabajo, con parsimonia, estacionarse y enfilarse a alguno de los aparatos de ejercicio para comenzar la rutina. La primera vez me sorprendió. Observé curioso su moto y encontré el oficio matutino: repartidor de pan. En el camino a la faena llega al mismo parque donde camino, y durante 12 o 15 minutos va de una actividad a otra, milimétrico, entre aquellos artefactos que no están ocupados. Lo seguí con atención: se concentra en lo suyo y parece disfrutarlo. De pronto levanta los ojos al cielo o clava la mirada entre los árboles y el suelo ahora reseco. Nunca lo sorprendí fisgando alguno de los traseros femeninos que por allí deambulan. No, no es persecutor de esa calaña. Luego de su rutina, variante cada día, silencioso, sube al vehículo, se coloca el casco, enciende el motor y reinicia la ruta.

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Sigo mi andar ruborizado por las tantas veces en que busqué excusas para no acudir a la cita mañanera. Confirmo: sin voluntad el tiempo es coartada casi perfecta; puede engañar a todos, menos a sí mismo. ¡Qué duda cabe!

 

 

 

 

Votando corruptos

Casi paralelamente llegaron a mi computadora dos poderosas imágenes, reveladoras de sendas realidades. Desde España, El Roto, uno de los dibujantes satíricos más prestigiosos, publicó en El País la imagen de una mujer tirada en el piso, encadenada, con un texto lacónico pero contundente: Últimamente las votaciones son para elegir tirano.

Al mismo tiempo en México circuló profusamente con gran atención mediática seria y humorística, la fotografía del presidente de la República en el arranque de su gestión, con los entonces gobernadores de su partido. El saldo acumulado de corrupción en la imagen desborda cualquier previsión y avergüenza hasta los más tímidos.

Si cruzamos imágenes podríamos concluir, jugando con las palabras de Andrés Rábago García, El Roto: Últimamente las votaciones son para elegir corruptos.

Es paradójico, tristemente paradójico, que cuando el país ha instalado oficialmente la “cultura de la legalidad y la transparencia”, la corrupción camine incesante y vigorosa, apadrinada por la reina de todos esos males: la impunidad.

Mis primeras lecturas

Mi acercamiento a la lectura y los libros no tuvo el magnífico escenario de una gran biblioteca familiar o pública, ni un tío consumado lector y buscador devoto de feligreses. Tampoco hubo una maestra sensible que me indujera al mundo de las palabras con su magia narrativa. En mi haber cuentan dos hechos simples e imborrables: que en casa siempre hubo un periódico y, para alimentar el hambre de letras y resolver las tareas de secundaria, una colección de libros de Time Life, de esas que se compraban en abonos y contenían los temas más variados, de la electricidad a la molécula, de la historia a los animales salvajes, los continentes y los insectos.

Hace algunos meses a casa de mi padre entraron una pandilla de ladrones de poca monta y muy mala leche, y tuve que recoger algunos de aquellos volúmenes seguramente intactos después de años de abandono. Los encontré desparramados en el piso y sobre la cama, junto con los libros que sigo atesorando, solo lastimados por el polvo y la humedad. No me atreví a detenerme en ninguno; el enfado y la preocupación me restaban tranquilidad para rememorar tardes o tareas juveniles.

El segundo hecho era una afición que compartía con otras personas: congregarnos en un puesto de alquiler de revistas en el jardín del pueblo. Allí me aparecía, invariablemente, cada día antes de la secundaria que cursé en turno vespertino, con cincuenta centavos para leer una revista de pie o sentado en las bancas bajo los árboles refrescantes. Era un hábito sin distingos de edad, sí de sexo, pues no ubico a niñas o adolescentes en la misma faena. Conocí con detalle las series, personajes, periodicidad y tramas: Condorito era imperdible, como las historias de Kalimán o Memín, Chanoc, Fantomas y la horrorosa pero simpática Hermelinda Linda. Allí comencé a abrir páginas sin obligación y solo por gusto, con la única limitante del dinero o la tardanza en los envíos al pueblo.

Luego vino una colección fantástica que resumía e ilustraba grandes obras literarias, especialmente de aventuras, como Sandokan, Moby Dick o Sherlock Holmes. Pasé mil horas sentado, devorando historias, metiéndome en los personajes y usurpando novias de ficción. Con unos pesos en la bolsa ganados en los oficios que ejercí entonces, con Mario o Urbano de socios, fui comprando todas. Estuvieron al cobijo de mi madre durante años; ahora ignoro u olvidé su destino.

En un pequeño pueblo, sin bibliotecas públicas ni escolares, con escasos libros en casa, ese puesto de revistas y periódicos que cruzó el fin de mi infancia nos ofreció un regalo maravilloso: incontables horas en el sitio más colectivo, sentados o acostados en las bancas, volando a donde nos llevaran aquellas páginas memorables.

La educación privada como tribuna pública

En las semanas recientes tuve oportunidad de asistir a dos actividades académicas en sendas instituciones de educación superior privada. La primera, un coloquio sobre la Reforma Educativa, organizado por el Instituto Ateneo de Colima, en Villa de Álvarez, con asistencia de alumnos y maestros del plantel. La segunda, el sábado anterior en el Teatro de la Universidad de Colima, durante el congreso anual multidisciplinario de la Universidad Multitécnica Profesional, con ponentes invitados para disertar sobre varios temas, preponderantemente el educativo.

No son los únicos, pero basten como ejemplo para ilustrar mi congratulación. En verdad es sano y bienvenido en el panorama académico estatal esta irrupción de las instituciones particulares en la vida académica, cultural y social, más allá de los confines de sus espacios y horarios escolares. Además de conformar una opción formativa extracurricular para sus estudiantes de licenciatura y posgrado, se insertan en un necesario camino en donde el debate educativo requiere espacios plurales, abiertos a distintas perspectivas.

Acostumbrados a una enseñanza privada de regular a pobre en su calidad, circunscrita a ofrecer opciones que atienden la creciente demanda, algunas instituciones en Colima han encontrado un nicho que pueden potenciar con relativa facilidad: constituirse en interesantes plataformas para la libre discusión de ideas.

La enseñanza superior de los particulares, no debe perderse de vista, cumple una función pública, pues su reconocimiento por parte del Estado para ofrecer estudios le impone un compromiso social. Participar en el debate de asuntos colectivos es una forma adecuada de cumplirlo, especialmente en un contexto urgido de información, rigor y consistencia a la hora de los juicios en asuntos torales.

Ojalá esas instituciones, y otras, como la Universidad de Colima, se sumen al esfuerzo que habrá de emprenderse en los próximos meses en el país y el estado, para la difusión y análisis del modelo educativo anunciado por el gobierno federal.

Estoy convencido que los retos de la educación también son problemas en las ideas sobre la educación y, por tanto, debemos optimizar la alfabetización pedagógica no solo entre los actores del proceso educativo, también, y de forma pertinente, las familias y en profesiones como el periodismo y la política.

 

 

Michael Jackson y Juan Carlitos: una lección elemental

Volvíamos a casa un día cualquiera. En el asiento trasero él escuchaba música, yo me concentraba en sortear los autos en la hora de tráfico pesado por la salida del trabajo. Su voz me distrajo de la imagen al frente, del arroyo vehicular y la puesta del sol.

-Papá, el rey del pop no debió morir.

No supe qué decirle; reaccioné tarde con una pregunta: ¿por qué?

-Porque era muy joven.

-Ah, pues sí. Fue mi respuesta insustancial.

Arremetió en tono triste mientras yo lo miraba por el retrovisor: ¡sabes, cuando escucho esta canción me dan ganas de llorar!

Sonaba This is it, y sus ojos se posaron sobre el cristal de la tableta para mirar la imagen de la portada. Mis ojos iban del retrovisor a la avenida, francamente conmovido.

Ahora lo saqué del silencio con un desorientado ¿por qué?

-Es que esa canción fue la de su última gira, cuando decidió que ya no cantaría más. Por eso se llama así.

Y siguió su monólogo explicándome un montón de cosas sobre Michael Jackson, de las cuales no tenía yo idea, lejos de esos gustos musicales. Lo escuché asombrado por la cantidad de datos que manejaba con soltura, los nombres de los Jackson’s Five, algunos de sus discos y canciones, el infarto, su muerte en soledad. Todo eso lo aprendió solo, mirando la televisión o en internet, como en su momento de otros temas más relevantes para el juicio pedagógico. Mi desviación profesional me condujo a esa cancha.

Sí, concluí, si los maestros en las escuelas lográramos ese viejo anhelo de despertar la curiosidad del niño o el joven, si aprovecháramos sus centros de interés y conectáramos (o intentáramos) siempre la enseñanza con ellos, seguramente otros sentidos tendrían la escuela, la enseñanza y nosotros, quienes adoptamos el oficio docente.

Sí, parece tan fácil.

 

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