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Recuerdos de la abuela

Cada 24 de junio mi abuela Lola me recordaba la fecha: el día de san Juan. Y enseguida me informaba en su tono juguetonamente enérgico que me había mandado decir la misa de esa noche y no debía faltar. Como advertía en mi expresión más demonios que ángeles, y no tendría suerte su invitación, endurecía el tono e insistía en la salvación del alma y que los rezos eran también por mis padres y hermanas. A decir verdad, no creo haber ido muchas veces pasadas las tribulaciones en que abandoné oraciones y misas dominicales, pero nunca olvidé la cita.

Cuando salí el pueblo en forma definitiva las reconvenciones de la abuela llegaban a través de mis padres: que dice tu mamá Lola que hoy la misa vas a ser para ti, que si no puedes venir, no importa, pero que vayas a cualquier templo. Entonces sí, lo confieso a riesgo de invocar castigos celestiales, esos mensajes cayeron en saco roto.

Al despertar la mañana de este 24 de junio, su voz e imágenes fueron lo primero que vino a la memoria. La zambullida en los recuerdos fue vertiginosa. La mamá Lola, madre de mi padre, fue la más cercana de mis abuelos (la materna, que habría querido conocer, murió muy pronto), la que tantas veces me dio de comer cuando volvía de la prepa o de la facultad y apenas bajar del “Tonilita” llegaba a su casa hambriento, sabedor de que siempre había un taco para cualesquiera de sus decenas de nietos y bisnietos.

La abuela Lola, me da por pensar, es de esas que tuvimos muchos y ya no quedan, para perjuicio de los niños. De las abuelas que los nietos deben tener: cariñosa sin empalagos, limpia, puntual, madrugadora, trabajadora, silenciosa casi siempre, regañona cuando hacía falta, sin concesiones de sexos o edades. Y su comida era deliciosa. Chilaquiles como los suyos nunca más probé en la vida, aunque la declaración le provocara disgustos a mi madre quien, sin dilación, me mandaba sin escala a la casa de la abuela.

Los años pasaron y la mamá Lola no soportó muchos años la soledad del Nino, el abuelo que también sufría (o disfrutaba, no lo sé) sus sermones. Juntos vivieron, que alguien me corrija, 63 años.

Se fue, pero sus recuerdos vuelven dos veces cada año, infaltables: el 24 de junio y el viernes de Dolores. No sé si un día le dije gracias por los muchos tacos de frijoles y chilaquiles que disfruté tanto, pero hoy es un buen día para saldar la deuda y que la misa corra por mi cuenta.

Advertencias: violencia en escuelas

El incidente ocurrido en el Bachillerato 1 de la Universidad de Colima en el cual, como se recordará, explotaron materialmente una taza de los baños, era una señal preocupante por el mensaje y lo que pudo provocar con gente cerca. Eso no fue broma, y si lo intentaron, nadie en juicio sano puede sonreír ni un poquito. Hoy la cosa empeora: esta mañana Diario de Colima publica la nota sobre un niño de tercer grado de primaria que presuntamente extorsionó a sus compañeros con una navaja. A juzgar por el anónimo entrevistado, el responsable tendría entre 8 y 9 años.

Aunque la nota precisa responsabilidades, más nos valdría no tirarla en la bolsa de las notas escandalosa. Hay un fondo para analizar. La columna de El Santo hoy en “El Universal” retoma datos del INEGI y afirma que en México el 35.82% de los niños en primaria y secundaria “se han involucrado directamente con la violencia social on line”.

Los hechos de Colima son advertencias para interpretar y actuar con inteligencia y firmeza. Somos muchos los implicados: familias desatentas o superadas, maestros y directores desafiados a actuar en contextos inéditos, niños sometidos a una violencia simbólica y material como tuvimos jamás, y un contexto en donde los muertos ya se volvieron tan cotidianos como la canícula y las nostalgias por el Colima de tarjeta postal.

Los medios informativos también tienen una responsabilidad. La misma nota del niño de la primaria, recortada, se publicó en un portal noticioso, pero la foto que acompañaba era de otra escuela. De ese tamaño es la flojera o el profesionalismo magro; total, son escuelas las dos, razonarán (sic) en el medio.

El mundo nunca fue una isla maravillosa rebosante de paz y amor, pero la facilidad e instantaneidad de las comunicaciones propicia que al mismo tiempo se pueda presenciar en vivo o instantes después, el incendio de un edificio en Londres o el asesinato de un político en un museo, los ataques terroristas en Europa, los tiroteos semanales en Estados Unidos o el lanzamiento de misiles de los Estados Unidos hacia sus objetivos de turno.

Y Colima ya no es ajeno a esa realidad. Las ejecuciones en vías públicas y horas de tráfico se instalaron en la normalidad. Mantener a la escuela lejos de esos fenómenos es misión extremadamente complicada. Las escuelas no son islas pacíficas en archipiélagos violentos.

Todos somos responsables, unos más que otros, ciertamente. Es hora de cumplirlas o por lo menos de intentarlas, lejos del escándalo mediático o el vocerío demagógico.

 

Foto: Aeromar

 

Expulsado del paraíso

La violencia simbólica contra los padres también existe. Tengo una brevísima pero infausta historia que contar. Sucedió una noche cualquiera, en cualquier lugar, cualquier día de la semana. También pudo ser soñado; la canícula provoca delirios. Los detalles de ese tipo son irrelevantes para el fondo e intención. El diálogo fue más o menos así.

-Hijo, ¿te canto una canción?, debes dormirte.

Así le habló el padre al hijo, cuando las horas del reloj ya no aconsejaban que los niños miraran la televisión.

-No papá, gracias, cantas como gato estrangulado.

El hijo respondió con desenfado, sin despegar los ojos de la pantalla.

A fe mía que no lo es, pero el hombre se sintió el peor papá del mundo.

A lo lejos, la hermana observó y se burló un poco. Luego, piadosa, se acercó al hombre, cariñosa, lo puso la mano sobre el hombro y suavecito le comentó:

-Ya ves, papá, ven conmigo.

El padre, como rescatado del naufragio, volteó sonriente y preguntó sin pensarlo (sí, sin pensarlo)

-¿Quieres que te cante?

-Bueno, no, papá, porque mi hermano tiene razón. Eso sí. Solo digo que vengas conmigo. Acompáñame a dormir.

Fue demasiada la goliza en contra. El padre, abatido, sintió una punzada pre infarto y pidió una tarjeta roja mientras salía del cuarto arrastrando los pies, como Adán expulsado del paraíso filial.

¡Fuera las calles!

El fin de semana laboral concluye con la tarde. Aprovecho los últimos rayos del sol y me distraigo en olvidarlo. Tomo uno de los libros de la mesita siempre al alcance; hay varios pendientes e iniciados, de esos que no hay prisa por acabar, que peregrino lento, disfrutando página a página. Elegí Umberto Eco: De la estupidez a la locura. Crónicas para el futuro que nos espera, publicado poco tiempo después de la muerte del viejo sabio italiano.

Me brinca la crónica “Quizá Agamenón era peor que Bush”; luego, “¡Fuera las calles!”. Empiezo, termino, tomo un par de tarjetas blancas media carta y mi pluma fuente tinta azul. Recostado escribo unas líneas que resultan casi ilegibles hasta para mí.

La propuesta de Eco me daba vueltas en la cabeza tiempo atrás; justo ayer la conversaba con una colega. Así escribe: “el asunto resulta ya insoportable y solo hay una manera de zanjarlo: una ley que prohíba poner a una calle el nombre de una persona que no lleve muerta al menos cien años”. Lo suscribo y amplío a los edificios públicos, como escuelas, hospitales o jardines.

No hay garantía del resultado de una iniciativa como la propuesta por Eco, como también nos advierte: “con la ley de los cien años, aparte de a Karl Marx, habría quien en 2045 dedique una calle a Benito Mussolini; ¡paciencia!, nuestros nietos, ya cuarentones (por no hablar de bisnietos), tendrían ideas confusas acerca del personaje”.

Admitidos los riesgos, las bondades parecen superiores; evitaría algunos despropósitos: rendir tributo a hombres (principalmente) impresentables, cuyos méritos se desmoronan desvergonzadamente apenas abandonan el cargo (precoces, algunos lo apresuran); el decadente espectáculo de gobiernos municipales o estatales que pintan espacios públicos con los colores de sus partidos políticos y luego serán defenestrados por los del nuevo que gobernará temporalmente; y por último, en este repaso preliminar, dejaríamos los balances a la historia y no a la zalamería, santa patrona de adoración casi universal.

Oficios entrañables: el periodismo

Entre los oficios que elegiría en otra vida está el periodismo. Preciso: el periodismo de verdad, el que forjó a Rodolfo Walsh, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano o Juan Gelman. El que se hace en las trincheras de los sucesos, entrevistando a los otros actores, a los que no tienen voz, a los que no tienen oficinas de comunicación social ni quien les redacte comunicados fríos; recorriendo los túneles y los recovecos donde ocurren los hechos o se encuentran otras voces; el que construye opiniones inteligentes a partir de ideas sólidas y pulcramente redactadas. Lejos, muy lejos de los boletines de prensa y las entrevistas de banqueta.

Así me imagino en otra película vital. Por ello disfruto cuando leo el periodismo que surge de ese estilo periodístico. Por eso disfruto cuando leo la prensa bien escrita (un hábito en disolución por estos lares), redactada con respeto al oficio, es decir, a los lectores y al firmante. Por eso, quizá, leo y persigo libros de periodistas/escritores o escritores/periodistas, como los arriba citados y otros, entre los cuales, hoy tengo en la mesa de lecturas a un argentino que heredó las mejores tradiciones de ese periodismo narrativo y lo cultiva con estilo propio: Martín Caparrós, quien, en plan “esquemático tremendo”, define al periodista como el que ejerce en el terreno, así como el escritor en el escritorio.

El libro que leo se llama Lacrónica. Publicado por Planeta en 2015, compila un género que llamaban “territorios” en una revista bonaerense (“Porteños”) fundada en 1981. Los territorios contaban, dice Caparrós, “con prosa trabajada, la vida de un barrio, un oficio, un sector social”. Lacrónica es, remacha, “el tipo de periodismo que la mayoría de nuestros medios no publica”.

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