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La peor bienvenida

En el más reciente viaje a la Ciudad de México recibí la peor bienvenida. Luego de pedirme documento de identidad, confirmar datos y firmar hoja de registro, la señorita de la recepción, cuyo nombre es irrelevante, me soltó los nosepuede de mi estancia. Nunca antes me sucedió. Perplejo, le miré curioso la cara, a los ojos y sonrisa amable, como orgullosa de haberme recitado sin errores el rosario de obligaciones del huésped. Estuve a punto de preguntarle a qué extensión tenía que llamar antes de usar la taza del baño, destapar una botella de agua o dormir en las dos camas de la habitación. El frío en la espalda por la corriente que entraba desde la avenida y el malestar por el hambre de varias horas, dictaron prudencia y buscar cena. Por cortesía, agradecí la atención y di vuelta rumbo a la 202.

Como la comida de los hoteles suele ser de dos estrellas, opté por cruzar la calle y enfilé a un restaurante dizque argentino. En la tele transmitían en diferido un partido de fútbol internacional; la música sonaba alta con un grupo de otra época, del gusto de los meseros ya poco juveniles. Los clientes que formábamos la parroquia departíamos tranquilos, con excepción de los borrachos del fondo a la derecha, que prolongaban la comida y soltaban risotadas constantes.

Los alimentos que invadieron la mesa me arrancaron la energía restante. El jugo de carne estaba casi frío; la dotación de cebolla y chile verde parecía achicharrada por el clima. Lo comí con prisa antes de que se congelara. Llegó la carne y mi juicio ensombreció. Parecía más apetecible cuando me la mostraron cruda. La probé y acerté, pero estaba cansado y no quería gastar palabras en reclamos.

Con excepción del pan caliente, todo iba mal. Creí que era el momento de volver al hotel y trabajar un poco en el artículo que daba vueltas por la cabeza. El frío en la calle golpeó el ánimo. Había sido mala idea salir. Aceleré el paso para salvar las calles oscuras y calentar un poco el cuerpo.

Antes de llegar encontré un Oxxo atendido por dos tipos torpes de modales. La espera me ayudó a cocinar la venganza. Un par de barras de chocolate. Sí, eso compraré. Me quitará con ellas el mal sabor de boca y ánimo. De paso romperé mi obligación de no introducir comida ni bebida. Pagué y salí. Volví al hotel con los chocolates en la mano, levantados como banderitas nacionales en desfile patrio. La chica simpática del rosario de obligaciones me miró sorprendida. Le regresé la sonrisa fingida y subí de prisa al elevador. No supe si me habló o quiso detenerme. Se cerró la puerta y mi bienvenida. Elegí el quinto piso, luego bajé caminando al segundo, donde me esperaba la cama y una vuelta a la página.

Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes

CON MARIANA BELÉN YÁÑEZ

Me gusta regalar libros a mis hijos. Al principio, cuando comenzaban su peregrinaje por el mundo de las palabras, era más insistente en los obsequios. Son niños normales, así que no es su regalo favorito, y ahora voy desgranándolos de a poco, buscando los que creo interesantes o, mejor, procurando que ellos elijan. No me corre prisa porque lean y menos jactarme de tener a dos lectores voraces, obsesivos, o presumirle a mis colegas de paternidad que en casa los más pequeños solo se divierten leyendo y nunca ven tele o cosas de menor prestigio.

Hay tiempo para todo, para todas las actividades posibles. Y hay prioridades: a la lectura sus momentos; al gusto, su proceso de maduración. Ya tienen en la escuela obligación de leer libros que no eligieron, así que en casa la cosa va por otros rieles.

Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes se me apareció frente a los ojos entre los pasillos de Walmart. No lo dudé. Lo compré y guardé para ocasión especial. Llegó. Mariana Belén lo trajo consigo varios días, incluso lo llevaba a la escuela y aprovechaba, dice, para leer en las pausas del trajín escolar. Cuando la vi enfrascada le propuse escribir una reseña para publicarla en mi Cuaderno. Dudó y dijo, tal vez sí, o algo parecido. Le insistí durante días y me cansé de evasivas. Supuse que tenía miedo. La atajé: ¿no te gustaría ver tu nombre en un artículo publicado? ¿Mostrarlo a tus amigas? No, disparó al instante. Dirán que soy presumida. No esperaba su respuesta, pero comprendí: naturalmente es tímida. La dejé un tiempo, le pedí prestado el libro y comencé a leerlo.

Desde las primeras páginas me gustó la obra de Elena Favilli y Francesca Cavallo. Era justo lo que me transmitió la portada: historias cortitas, bien escritas y bellamente ilustradas por mujeres artistas de todo el mundo. El gusanito de la inquietud me rebulló. Le insistí que escribiéramos juntos un comentario. Sin tanto convencimiento aceptó. Lo que sigue es el resultado.

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51 años, 51 momentos

Hoy cumplo 51. Con el motivo decidí escribir estas líneas que resultaron bastante largas, pero no son para quienes me lean, (menos para quienes me odian), ni para quienes me profesan afectos. El lector destino soy yo mismo, porque quiero recordarme algunos momentos que siguen presentes y, de alguna forma, en mayor o menor grado, hicieron lo que soy, llegar a donde estoy y en algunos casos equivocarme tantas veces como erré. De paso, rindo tributo íntimo y agradezco a muchas personas, con nombres y apellidos, o anónimas, que estuvieron conmigo, están y, deseo, estarán tiempo largo.

Aquí, un repaso de instantes que forman parte de esta película vital.

Aunque no tengo conciencia, obvio, el nacimiento habrá sido fecha feliz. Mi madre y yo debutamos en simultáneo. Como en ese año, supongo que nunca más tuve tantos abrazos y cariños. No me duró demasiado la suerte: 380 días después nació mi hermana Paty. El segundo lugar, sin embargo, jamás produjo rencores contra nadie.

De la primera infancia tengo recuerdos escasos. Habrá sido normal, pues traumas no he descubierto. Una foto de mi hermana y yo, apenas tratando de caminar, escasos de ropa, atravesando la calle, nos muestran como una pareja normal de infantes. Gracias a papá nunca faltó comida caliente en casa, ni abrigo. ¡Así habrán sido esos años!

Los primeros días en el jardín de niños fueron sufrimiento puro. A tirones mi madre me arrancaba de sus brazos para meterme a ese sitio que fue después la clínica del pueblo. ¡Quién diría que luego de esos dolorosos momentos nunca más saldría de la escuela!

Mi primer amigo, hermano de mi madre, murió muy pronto, cuando apenas comenzamos a cursar la escuela primaria. La muerte de Coco fue el primer contacto con la muerte. Tristísimo, sin duda, como son las muertes tan prematuras. Desde entonces las muertas tempranas me matan un poco.

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Doce años con Mariana Belén

Mi madre juraba que nunca me casaría. Una mujer maravillosa, sin saberlo, la contradijo en seis meses. Caí dos veces; volví a la soltería.

Yo juraba que no tendría hijos. Ese oficio, advertía con bondadosas intenciones, no era para mí. Escribí una carta para contarlo al mundo (que me leía entonces); se publicó, pero nunca más volví a leerla, ni por error, quizá intuyendo el desatino.

Ser padre dos veces es uno de los actos de los que jamás me arrepentiré. Mariana Belén y Juan Carlos son un tesoro que no buscaba y apareció a mitad del camino, para hacerme pasar muchas horas y noches de desvelo, algunas amarguras e infinitas alegrías.
Solo se puede expresar ese sentimiento después de vivirlo. Es una perogrullada, lo sé. Ninguna teoría podría explicarlo vivamente. Empecé a albergarlo antes del nacimiento, cuando escuché latidos tenues que me revolvieron las entrañas. Ella, la primogénita, rebelde desde antes del parto, se adelantó al augurio médico. No quiso compartir conmigo la fecha de nacimiento y justo un mes antes rompió la fuente; luego, sin prisa, apareció parsimoniosa, como sigue. Hoy las entrañas se siguen removiendo cuando escucho su voz llamándome, su respiración durante el sueño o sus abrazos cada vez más infrecuentes conforme se acerca a la adolescencia y yo me alejo de la juventud.

Mariana Belén cumple 12 años en estas horas. Ella cambió mi vida para siempre y sin medias tintas. Para bien, creo. Cuando se lo repito desde el fondo del corazón, sus ojos brillan en forma especial y, supongo, los míos más.

Estoy seguro de que no soy el buen padre que podría serlo en otras vidas, pero en ninguna sentiré la alegría y el orgullo de haber coincidido en este tiempo y circunstancia, en los roles donde solo existimos por el otro.

Madrugada de fútbol

Por segunda noche perdí el sueño. Así nomás, intempestivamente. Mientras escribo estas líneas, cuando comienza a dibujarse el sol en el horizonte, los ojos me arden y el cansancio dicta volver al sillón a recostarme, pero las manos se ataron al teclado y prefieren continuar la confesión, como para expiar la pena y olvidar noches ingratas.

No tengo explicación para el sueño extraviado. Anoche, como antes, la cena fue frugal, luego agua abundante y un poco de lectura, para caer rendido y no despertar hasta varias horas después. Era el plan. Fracasó. Esta mañana, a las 4, el cuerpo encendió el despertador y me abrió los ojos. Cogí el iPad de la mesa y abrí la biblioteca. Me saltaron los mejores cuentos de fútbol del argentino Roberto Fontanarrosa, el Nego, elegidos y preludiados por otro escritor argentino y cuentista del balompié, Eduardo Sacheri.

Dubitativo, entre volver a la almohada con la mejilla izquierda o zambullirme en las historias del rosarino, fui poco a poquito metiéndome en la piel de las narraciones, con balones que nunca llegan a partidos amateurs, utileros que cuentan historias desde su anonimato, delanteros mitológicos, periodistas deportivos y aficionados, siempre aficionados, dispuestos incluso al secuestro para llevar al súper clásico contra el rival de su ciudad al amuleto humano, ese que va diciendo por el mundo que nunca vio perder a su equipo, pero la prescripción médica ya le impide siquiera escuchar los gritos desde la radio fervorosa de un vecino por la fragilidad del bobo, el corazón.

Así se me desgranaron las horas, dando vuelta a las páginas de los cuentos, a veces con una sonrisa silenciosa o mohín de amargura.

Cuando voy acercándome al punto final el cansancio se acumula, como llegar al minuto 90 con fuerzas agotadas, ansiando el pitazo postrero. A lo lejos escucho apenas el ruido que va y viene de las olas del mar. Pienso en esas aguas y en la imagen amada. Cierro los ojos y digo adiós a la página para perseguir el sueño perdido.

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