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Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes

CON MARIANA BELÉN YÁÑEZ

Me gusta regalar libros a mis hijos. Al principio, cuando comenzaban su peregrinaje por el mundo de las palabras, era más insistente en los obsequios. Son niños normales, así que no es su regalo favorito, y ahora voy desgranándolos de a poco, buscando los que creo interesantes o, mejor, procurando que ellos elijan. No me corre prisa porque lean y menos jactarme de tener a dos lectores voraces, obsesivos, o presumirle a mis colegas de paternidad que en casa los más pequeños solo se divierten leyendo y nunca ven tele o cosas de menor prestigio.

Hay tiempo para todo, para todas las actividades posibles. Y hay prioridades: a la lectura sus momentos; al gusto, su proceso de maduración. Ya tienen en la escuela obligación de leer libros que no eligieron, así que en casa la cosa va por otros rieles.

Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes se me apareció frente a los ojos entre los pasillos de Walmart. No lo dudé. Lo compré y guardé para ocasión especial. Llegó. Mariana Belén lo trajo consigo varios días, incluso lo llevaba a la escuela y aprovechaba, dice, para leer en las pausas del trajín escolar. Cuando la vi enfrascada le propuse escribir una reseña para publicarla en mi Cuaderno. Dudó y dijo, tal vez sí, o algo parecido. Le insistí durante días y me cansé de evasivas. Supuse que tenía miedo. La atajé: ¿no te gustaría ver tu nombre en un artículo publicado? ¿Mostrarlo a tus amigas? No, disparó al instante. Dirán que soy presumida. No esperaba su respuesta, pero comprendí: naturalmente es tímida. La dejé un tiempo, le pedí prestado el libro y comencé a leerlo.

Desde las primeras páginas me gustó la obra de Elena Favilli y Francesca Cavallo. Era justo lo que me transmitió la portada: historias cortitas, bien escritas y bellamente ilustradas por mujeres artistas de todo el mundo. El gusanito de la inquietud me rebulló. Le insistí que escribiéramos juntos un comentario. Sin tanto convencimiento aceptó. Lo que sigue es el resultado.

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51 años, 51 momentos

Hoy cumplo 51. Con el motivo decidí escribir estas líneas que resultaron bastante largas, pero no son para quienes me lean, (menos para quienes me odian), ni para quienes me profesan afectos. El lector destino soy yo mismo, porque quiero recordarme algunos momentos que siguen presentes y, de alguna forma, en mayor o menor grado, hicieron lo que soy, llegar a donde estoy y en algunos casos equivocarme tantas veces como erré. De paso, rindo tributo íntimo y agradezco a muchas personas, con nombres y apellidos, o anónimas, que estuvieron conmigo, están y, deseo, estarán tiempo largo.

Aquí, un repaso de instantes que forman parte de esta película vital.

Aunque no tengo conciencia, obvio, el nacimiento habrá sido fecha feliz. Mi madre y yo debutamos en simultáneo. Como en ese año, supongo que nunca más tuve tantos abrazos y cariños. No me duró demasiado la suerte: 380 días después nació mi hermana Paty. El segundo lugar, sin embargo, jamás produjo rencores contra nadie.

De la primera infancia tengo recuerdos escasos. Habrá sido normal, pues traumas no he descubierto. Una foto de mi hermana y yo, apenas tratando de caminar, escasos de ropa, atravesando la calle, nos muestran como una pareja normal de infantes. Gracias a papá nunca faltó comida caliente en casa, ni abrigo. ¡Así habrán sido esos años!

Los primeros días en el jardín de niños fueron sufrimiento puro. A tirones mi madre me arrancaba de sus brazos para meterme a ese sitio que fue después la clínica del pueblo. ¡Quién diría que luego de esos dolorosos momentos nunca más saldría de la escuela!

Mi primer amigo, hermano de mi madre, murió muy pronto, cuando apenas comenzamos a cursar la escuela primaria. La muerte de Coco fue el primer contacto con la muerte. Tristísimo, sin duda, como son las muertes tan prematuras. Desde entonces las muertas tempranas me matan un poco.

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Doce años con Mariana Belén

Mi madre juraba que nunca me casaría. Una mujer maravillosa, sin saberlo, la contradijo en seis meses. Caí dos veces; volví a la soltería.

Yo juraba que no tendría hijos. Ese oficio, advertía con bondadosas intenciones, no era para mí. Escribí una carta para contarlo al mundo (que me leía entonces); se publicó, pero nunca más volví a leerla, ni por error, quizá intuyendo el desatino.

Ser padre dos veces es uno de los actos de los que jamás me arrepentiré. Mariana Belén y Juan Carlos son un tesoro que no buscaba y apareció a mitad del camino, para hacerme pasar muchas horas y noches de desvelo, algunas amarguras e infinitas alegrías.
Solo se puede expresar ese sentimiento después de vivirlo. Es una perogrullada, lo sé. Ninguna teoría podría explicarlo vivamente. Empecé a albergarlo antes del nacimiento, cuando escuché latidos tenues que me revolvieron las entrañas. Ella, la primogénita, rebelde desde antes del parto, se adelantó al augurio médico. No quiso compartir conmigo la fecha de nacimiento y justo un mes antes rompió la fuente; luego, sin prisa, apareció parsimoniosa, como sigue. Hoy las entrañas se siguen removiendo cuando escucho su voz llamándome, su respiración durante el sueño o sus abrazos cada vez más infrecuentes conforme se acerca a la adolescencia y yo me alejo de la juventud.

Mariana Belén cumple 12 años en estas horas. Ella cambió mi vida para siempre y sin medias tintas. Para bien, creo. Cuando se lo repito desde el fondo del corazón, sus ojos brillan en forma especial y, supongo, los míos más.

Estoy seguro de que no soy el buen padre que podría serlo en otras vidas, pero en ninguna sentiré la alegría y el orgullo de haber coincidido en este tiempo y circunstancia, en los roles donde solo existimos por el otro.

Madrugada de fútbol

Por segunda noche perdí el sueño. Así nomás, intempestivamente. Mientras escribo estas líneas, cuando comienza a dibujarse el sol en el horizonte, los ojos me arden y el cansancio dicta volver al sillón a recostarme, pero las manos se ataron al teclado y prefieren continuar la confesión, como para expiar la pena y olvidar noches ingratas.

No tengo explicación para el sueño extraviado. Anoche, como antes, la cena fue frugal, luego agua abundante y un poco de lectura, para caer rendido y no despertar hasta varias horas después. Era el plan. Fracasó. Esta mañana, a las 4, el cuerpo encendió el despertador y me abrió los ojos. Cogí el iPad de la mesa y abrí la biblioteca. Me saltaron los mejores cuentos de fútbol del argentino Roberto Fontanarrosa, el Nego, elegidos y preludiados por otro escritor argentino y cuentista del balompié, Eduardo Sacheri.

Dubitativo, entre volver a la almohada con la mejilla izquierda o zambullirme en las historias del rosarino, fui poco a poquito metiéndome en la piel de las narraciones, con balones que nunca llegan a partidos amateurs, utileros que cuentan historias desde su anonimato, delanteros mitológicos, periodistas deportivos y aficionados, siempre aficionados, dispuestos incluso al secuestro para llevar al súper clásico contra el rival de su ciudad al amuleto humano, ese que va diciendo por el mundo que nunca vio perder a su equipo, pero la prescripción médica ya le impide siquiera escuchar los gritos desde la radio fervorosa de un vecino por la fragilidad del bobo, el corazón.

Así se me desgranaron las horas, dando vuelta a las páginas de los cuentos, a veces con una sonrisa silenciosa o mohín de amargura.

Cuando voy acercándome al punto final el cansancio se acumula, como llegar al minuto 90 con fuerzas agotadas, ansiando el pitazo postrero. A lo lejos escucho apenas el ruido que va y viene de las olas del mar. Pienso en esas aguas y en la imagen amada. Cierro los ojos y digo adiós a la página para perseguir el sueño perdido.

La mascota perfecta

De alguna fiesta infantil regresó Juan Carlos a casa con un pequeño pez blaugrana. Después de algunas dudas y consultas, encontró el sitio para instalarlo en su pecera redonda, con fondo de piedras rosas y algunas ramitas plásticas verdes. Desde entonces, el paisaje multicolor alegra la cocina con esos tonos.

Nunca fui afecto a las mascotas: darles de comer, limpiar sus espacios, recoger sus cacas, bañarlos, sacarlos a pasear son actividades que admiro en quienes lo hacen, pero juego en otro equipo.

El pececito, en pocas semanas, creció y se acostumbró a la casa; supongo. Se me volvió una compañía casi entrañable; esta mañana me di cuenta cuando me sorprendí, con un poco de vergüenza, saludándolo cariñosamente, con palabras como si hablara con otra persona. Callado, miré a los lados y volví a preparar el primer café del día.

Como todas las mañanas, soy el primer ser humano (o lo que quiera que represente para el habitante acuático de casa) que saluda. Apenas me ve acercarse con la taza y el agua caliente, se pega a la pared de su pequeña pecera y me ronda en gestos que advierto afectuosos. Le coloco el dedo en el vidrio y ya no se inmuta. Me sigue con movimientos lentos y sinuosos, me mira, o eso creo… o es que ya está domado mi espíritu anti mascotas. Le doy su comida y solo entonces me deja libre, empeñado en pescar las bolas minúsculas de alimento.

Ahora que confirmo la complicidad, amistad, o lo que sea que exista entre nosotros, me da por pensar que, sin buscarla, encontré la mascota perfecta: no tengo que limpiarme sus pelos del pantalón, no tengo que lavar su baba de mis manos, ni sentir sus patas mientras leo o escribo, ni gritarle que se calle por favor; no debo sacarla a la calle, ni aparearla con nadie, ni… Es la mascota perfecta, y me dispongo a negociarla con Juan Carlos, por unos pesos o el pago de sus palomitas dobles en la próxima visita al cine.

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