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Doce años con Mariana Belén

Mi madre juraba que nunca me casaría. Una mujer maravillosa, sin saberlo, la contradijo en seis meses. Caí dos veces; volví a la soltería.

Yo juraba que no tendría hijos. Ese oficio, advertía con bondadosas intenciones, no era para mí. Escribí una carta para contarlo al mundo (que me leía entonces); se publicó, pero nunca más volví a leerla, ni por error, quizá intuyendo el desatino.

Ser padre dos veces es uno de los actos de los que jamás me arrepentiré. Mariana Belén y Juan Carlos son un tesoro que no buscaba y apareció a mitad del camino, para hacerme pasar muchas horas y noches de desvelo, algunas amarguras e infinitas alegrías.
Solo se puede expresar ese sentimiento después de vivirlo. Es una perogrullada, lo sé. Ninguna teoría podría explicarlo vivamente. Empecé a albergarlo antes del nacimiento, cuando escuché latidos tenues que me revolvieron las entrañas. Ella, la primogénita, rebelde desde antes del parto, se adelantó al augurio médico. No quiso compartir conmigo la fecha de nacimiento y justo un mes antes rompió la fuente; luego, sin prisa, apareció parsimoniosa, como sigue. Hoy las entrañas se siguen removiendo cuando escucho su voz llamándome, su respiración durante el sueño o sus abrazos cada vez más infrecuentes conforme se acerca a la adolescencia y yo me alejo de la juventud.

Mariana Belén cumple 12 años en estas horas. Ella cambió mi vida para siempre y sin medias tintas. Para bien, creo. Cuando se lo repito desde el fondo del corazón, sus ojos brillan en forma especial y, supongo, los míos más.

Estoy seguro de que no soy el buen padre que podría serlo en otras vidas, pero en ninguna sentiré la alegría y el orgullo de haber coincidido en este tiempo y circunstancia, en los roles donde solo existimos por el otro.

Madrugada de fútbol

Por segunda noche perdí el sueño. Así nomás, intempestivamente. Mientras escribo estas líneas, cuando comienza a dibujarse el sol en el horizonte, los ojos me arden y el cansancio dicta volver al sillón a recostarme, pero las manos se ataron al teclado y prefieren continuar la confesión, como para expiar la pena y olvidar noches ingratas.

No tengo explicación para el sueño extraviado. Anoche, como antes, la cena fue frugal, luego agua abundante y un poco de lectura, para caer rendido y no despertar hasta varias horas después. Era el plan. Fracasó. Esta mañana, a las 4, el cuerpo encendió el despertador y me abrió los ojos. Cogí el iPad de la mesa y abrí la biblioteca. Me saltaron los mejores cuentos de fútbol del argentino Roberto Fontanarrosa, el Nego, elegidos y preludiados por otro escritor argentino y cuentista del balompié, Eduardo Sacheri.

Dubitativo, entre volver a la almohada con la mejilla izquierda o zambullirme en las historias del rosarino, fui poco a poquito metiéndome en la piel de las narraciones, con balones que nunca llegan a partidos amateurs, utileros que cuentan historias desde su anonimato, delanteros mitológicos, periodistas deportivos y aficionados, siempre aficionados, dispuestos incluso al secuestro para llevar al súper clásico contra el rival de su ciudad al amuleto humano, ese que va diciendo por el mundo que nunca vio perder a su equipo, pero la prescripción médica ya le impide siquiera escuchar los gritos desde la radio fervorosa de un vecino por la fragilidad del bobo, el corazón.

Así se me desgranaron las horas, dando vuelta a las páginas de los cuentos, a veces con una sonrisa silenciosa o mohín de amargura.

Cuando voy acercándome al punto final el cansancio se acumula, como llegar al minuto 90 con fuerzas agotadas, ansiando el pitazo postrero. A lo lejos escucho apenas el ruido que va y viene de las olas del mar. Pienso en esas aguas y en la imagen amada. Cierro los ojos y digo adiós a la página para perseguir el sueño perdido.

La mascota perfecta

De alguna fiesta infantil regresó Juan Carlos a casa con un pequeño pez blaugrana. Después de algunas dudas y consultas, encontró el sitio para instalarlo en su pecera redonda, con fondo de piedras rosas y algunas ramitas plásticas verdes. Desde entonces, el paisaje multicolor alegra la cocina con esos tonos.

Nunca fui afecto a las mascotas: darles de comer, limpiar sus espacios, recoger sus cacas, bañarlos, sacarlos a pasear son actividades que admiro en quienes lo hacen, pero juego en otro equipo.

El pececito, en pocas semanas, creció y se acostumbró a la casa; supongo. Se me volvió una compañía casi entrañable; esta mañana me di cuenta cuando me sorprendí, con un poco de vergüenza, saludándolo cariñosamente, con palabras como si hablara con otra persona. Callado, miré a los lados y volví a preparar el primer café del día.

Como todas las mañanas, soy el primer ser humano (o lo que quiera que represente para el habitante acuático de casa) que saluda. Apenas me ve acercarse con la taza y el agua caliente, se pega a la pared de su pequeña pecera y me ronda en gestos que advierto afectuosos. Le coloco el dedo en el vidrio y ya no se inmuta. Me sigue con movimientos lentos y sinuosos, me mira, o eso creo… o es que ya está domado mi espíritu anti mascotas. Le doy su comida y solo entonces me deja libre, empeñado en pescar las bolas minúsculas de alimento.

Ahora que confirmo la complicidad, amistad, o lo que sea que exista entre nosotros, me da por pensar que, sin buscarla, encontré la mascota perfecta: no tengo que limpiarme sus pelos del pantalón, no tengo que lavar su baba de mis manos, ni sentir sus patas mientras leo o escribo, ni gritarle que se calle por favor; no debo sacarla a la calle, ni aparearla con nadie, ni… Es la mascota perfecta, y me dispongo a negociarla con Juan Carlos, por unos pesos o el pago de sus palomitas dobles en la próxima visita al cine.

El hombre más sabio

El hombre más sabio que conocí en la vida era analfabeto, decía José Saramago. Ese hombre sabio era su abuelo. El Nobel de literatura portugués no se hospedó en las universidades, pero eso no descalifica su juicio.

La sabiduría o la inteligencia pueden tener asiento y desarrollarse en las universidades, pero cursar una carrera universitaria no las garantiza. Hoy cualquiera, o casi, en un mercado desregulado y precario, puede tener un doctorado. Tampoco hay una patente de nada por el solo hecho de tenerlo enmarcada de la sala de la casa. Hay calidades, está claro.

Es verdad que en el mundo académico, con frecuencia fatuo e irrelevante, el doctorado es una condición para la existencia. Y más verdad que algunos (y algunas) se indignan porque sus alumnos osen llamarles por su nombre o por el grado de maestro, más familiar y cariñoso, que por el reputado “doctor”, “doctora”.

En un discurso memorable, auténtica pieza contra la pedantería académica, Manuel Gil Antón en la Universidad de Colima respondió al discurso de Pablo Latapí Sarre cuando el entrañable maestro recibiera el doctorado honoris causa. La cosa no es tener un doctorado, es perder la denominación y ganar la respetabilidad, jugó con las palabras de su amigo Santiago Ramírez. Instalaba provocaciones: ¿cuándo alguien leyó o pronunció nombres como doctor Carlos Marx, doctor Paulo Freire, doctor Albert Einstein?

Todo esto viene a colación por el revuelillo que causó el diputado morelense Ángel García Yáñez (sin parentesco alguno), quien propuso, como sabrán los lectores, que las cédulas profesionales se renueven cada seis años. Entonces, la docta clase intelectual se le vino encima mofándose de que “nomás” estudió la prepa, y siendo así, no tiene derecho sino a quedarse callado: ¡habrase visto tremendo gesto de tolerancia y humildad!

Entonces, esos de otra casta suponen que una propuesta solo puede ser sensata o digna de deliberación si la antecede la firma del “licenciado”, “abogado”, “maestro” (o maestro en ciencias) y de preferencia “doctor”.

Siendo así, en ese pensamiento tan silvestre: ¿para hablar de la pobreza hay que ser pobre?, o ¿para luchar por la educación para todos hay que ser analfabeto?

A las ideas hay que calificarlas por su razonabilidad, plausibilidad, coherencia, etcétera, no por el origen, clase social, lengua o color de piel de quienes las pronuncian. La maldad, como la imbecilidad, no tiene nacionalidad ni escolaridad, tampoco son monopolio.

La inteligencia, como la sabiduría, nunca se conquista con grados académicos; lo que sí se obtiene con ellos es la obligación ética de ser más abiertos, tolerantes y humildes, porque la educación no es un bien solamente individual, es una función social y un derecho humano, un compromiso con otros que menos tienen y poco saben del currículum universitario.

El pequeño capitán

El pequeño capitán de mi pequeño barco tenía 7 años. Es simpático, guapo, parlanchín, inteligente, irónico, autónomo. El pequeño capitán tenía 7, ya no. Hoy cumple 8. Hoy manda más que ayer. Dirige, da rumbo, alegra, alivia, se entrega, ama.

Sonríe y se abre el cielo.

Mi capitán, mi pequeño capitán, se llama Juan Carlos.

En su corto periplo ya ejerció oficios varios: rockero, arqueólogo, maestro, escritor, constructor. Jugó roles ocasionales a plenitud, disfrutándolos en su papel: Michael Jackson, Indiana Jones, Cazafantasmas, Capitán América… Los que le acomodan y divierten. En el fútbol siempre prefiere a Messi.

Ya tuvo novia y la perdió. Dice. Se dolió un día y al siguiente la había olvidado. Sabio.

Le gusta la escuela y leer lo que le gusta, pintar, inventar, conversa solo, pero, puesto a elegir, preferiría dormir, comer lo que le apetece, brincar y bailar, hacer música con su cuerpo, ver la tele o jugar con su Ipad, en español, en inglés, en lo que sea.

No sé cómo será su vida. Nadie puede saberlo, para ser precisos. Mientras eso suceda, mi única preocupación es que siga como va, con el desorden espontáneo y el desparpajo para hacer de su vida, en cada instante, motivo vital. Mi defensa es para que no se achique su alegría ni su alma. La suya es la mía, y a estas alturas, no es cosa menor.

Ustedes perdonarán la confesión. La música hoy suena festiva en mi corazón.

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